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U.P.R. Extramuros

Jaime Benítez: occidentalista y puertorriqueño

Foto: www.loc.gov
Aumetar Disminuir

17 de Noviembre de 2008
Por:  Ana Teresa Toro
De:  Diálogo

No hay duda, en la Universidad de Puerto Rico (UPR) la figura de Jaime Benítez es fósforo que enciende la mecha del debate. Para algunos Jaime Benítez es el humanista por excelencia, el rector eficiente y el portador de la llave que abrió las puertas de la modernidad al escenario universitario local. Es la cabeza de las décadas gloriosas de la UPR, enmarcadas en la imagen de don Jaime recibiendo el Premio Nobel de Literatura otorgado al poeta Juan Ramón Jiménez en el 1956 o de la arquitectura de Henry Klumb. Para otros es la figura del elitismo occidentalista y eurocéntrico, la cara de lo antinacional y la mano de la represión en el ambiente académico.

Sin embargo, las reflexiones que se desprenden del reciente centenario de la UPR celebrado en el 2003, así como de las actuales celebraciones del centenario de Jaime Benítez advierten acerca de la importancia de no limitar el debate en torno a su obra a un discurso de blancos y negros. A cien años de su natalicio, es preciso atender los grises, matizar ese debate intenso entre el puertorriqueñismo y el universalismo a la luz de los cambios institucionalizados durante su incumbencia y de las repercusiones que éstos tuvieron en las décadas posteriores.

“Jaime Benítez es el arquitecto de la universidad moderna, a él se lo debemos en gran medida. Claro, no es la única persona, es un proceso, pero él fue el gestor de esa universidad moderna que trae precisamente de su contacto con diversas culturas”, opinó la profesora Malena Rodríguez Castro, quien trabajó el tema de la universidad de los años cuarenta con motivo de la publicación del libro de ensayos Frente a la torre, en el que se reflexiona en torno a la UPR a raíz de su centenario.

Según elabora la profesora, estábamos ante una universidad que atravesaba un período de transición entre las décadas de los años cuarenta al setenta. Durante esos años, la universidad se consolida como una institución moderna en todos los sentidos, más allá de la estructura norteamericana tradicional. Se establece el Senado Académico y el Consejo de Estudiantes a la vez que la universidad se nutre de diversos campos intelectuales, como los procedentes del exilio español y la escuela de Chicago.

Mas, la gestión de Jaime Benítez “se fundamentó en un principio de enorme autoridad y a eso es a lo que la cultura se refiere con la Casa de Estudios”, añade Rodríguez Castro, por lo que, a pesar de que celebra la modernización de la universidad y considera saludable un debate donde existan claramente posiciones antagónicas, cuestiona la filosofía detrás de la Casa de Estudios. “La Casa de Estudios era la paz de los cementerios. Ninguna cultura ejerce su derecho a la libertad cuando hay mandatos de silencio”, puntualiza la profesora cuyo pensamiento evoca las prohibiciones posteriores a la Huelga de 1948, como fue el caso de la anulación de las organizaciones estudiantiles.

Juan Bobo vs. la dama de occidente

Es precisamente en esa coyuntura en la que se encuentran lo establecido por las autoridades universitarias como la línea académica a seguir, y el reclamo de un determinado sector intelectual del País que consideraba insuficiente la orientación intelectual que tomó el recinto. Durante el período de Jaime Benítez en la universidad el énfasis prácticamente absoluto era en el canon clásico, con el resultado de que, como evalúa el profesor Fernando Picó en su ensayo La universidad imaginada, era más probable que un egresado de la UPR saliera conociendo mejor a Shakespeare y a Homero que a Zeno Gandía, o quizás era impensable un discurso oficial donde no se citase a Unamuno y a Ortega y Gasset. De igual manera, Picó aclara que es un auténtico mito decir que durante ese período no se estudiaron temas relacionados a Puerto Rico. Ejemplo de ello son las obras de José Ferrer Canales y Francisco Manrique Cabrera.

“La pelea realmente es sobre cuál es la formación de estudios generales. Se cuestionan los cursos de humanidades, ciencias sociales, español, inglés y demás, y el por qué no se introduce o se da más énfasis en lo puertorriqueño”, explica Picó. Llama la atención que el propio Picó, a pesar de tener una formación occidentalista, ha dedicado 30 años a trabajar historia de Puerto Rico.

Ambos entrevistados coinciden en que el debate entre el puertorriqueñismo y el occidentalismo se ha simplificado, pues no se toman en cuenta los factores externos del momento. Entre ellos la realidad de que el estado moderno y la universidad fueron dos instituciones que se forman en el trasfondo de la Segunda Guerra Mundial y el preámbulo de la consolidación del Estado Libre Asociado con Luis Muñoz Marín. La universidad también libró sus batallas y buscó consolidar identidades.

“El nacionalismo también compuso un campo de batalla pues el occidentalismo no tiene por qué ser algo negativo. Occidentalista fue por ejemplo Nilita Vientos Gastón y si tienes una figura tan puertorriqueña, tan metida dentro de los debates puertorriqueños, defensora de la lengua pero que tiene una noción de la cultura más allá del territorio nacional, ya el occidentalismo es otra cosa. Yo creo que esa distinción hay que volverla a mirar porque quizás -y esto es una paradoja- Jaime Benítez fue más puertorriqueño mientras más occidental fue”, declara Rodríguez Castro, quien opina que es probable que el pensamiento de Benítez se fundamentara en dar espacio en la universidad a unos saberes que él entendía estaban siéndole negados a los puertorriqueños, por considerar que el ciudadano moderno se abría al mundo por la puerta del occidentalismo en contraposición con la postura de los sectores criollistas que predicaban que para entrar al mundo moderno había que hacerlo por la puerta de lo puertorriqueño.

Esto abre a su vez la puerta al debate con relación a qué era lo que se estaba entendiendo por “lo puertorriqueño” durante ese período pues, más allá de lo que Picó ejemplifica como el debate entre Juan Bobo y la dama del occidente, está el aspecto del Puerto Rico que precedió a la industrialización, ese idílico y cuestionable paraíso campesino, y el Puerto Rico contemporáneo de esa época que buscaba su propia voz y espacio en la academia.

En ese debate “Benítez luce muy mal porque está defendiendo los clásicos occidentales y los buenos puertorriqueños están defendiendo el canon puertorriqueño, y eso parece que es un debate concluso en el que no hay más nada que decir sino que ganaron los puertorriqueños”, afirma Picó. El profesor añade que una de las consecuencias de ese choque es que hoy vemos que la mayoría de las investigaciones en la universidad son sobre Puerto Rico, lo que provoca que el debate se convierta en algo demasiado etnocéntrico.

Este enfoque puertorriqueñista en el espacio académico coincide con la creación, entre las décadas del cuarenta y el sesenta, de instituciones cuya visión está cifrada en la defensa de lo nacional, como fue el Instituto de Cultura Puertorriqueña, así como los cambios suscitados en los Departamentos de Estudios Hispánicos e Historia quienes de una mirada peninsular pasaron a una verdaderamente local.

¿Por qué esa inclinación feroz hacia lo puertorriqueño? Rodríguez Castro esboza una respuesta: “Hubo un gran interdicto sobre lo nacional que tiene como producto que los sectores intelectuales se vean movidos a defender aquello que la ley parecía prohibir. Lo puertorriqueño aparece como algo prohibido e inaccesible o que contradice al ansia de modernidad de los sectores medios que se movilizan en esos años y que cifran su modelo de progreso en los modelos norteamericanos”.

Antagonismo saludable

Por otro lado, un elemento que subyace en este debate es la idea de que se trató de un proceso necesario. ¿Podía llevarse a cabo el proceso de modernización de otra manera? ¿El control impuesto durante determinado período fue el pago necesario para que el proyecto de una universidad moderna se llevara a cabo? ¿Fue saludable el antagonismo que este proceso generó entre la visión nacional y universalista? ¿Hasta qué punto lo nacional era una visión limitada del mismo modo que lo universal era una mirada incompleta? Estas son algunas de las preguntas que se desprenden del proceso y que adquieren eco con motivo de este centenario.

Uno de los aspectos más llamativos en la mirada actual al tema es lo que Rodríguez Castro plantea como una ausencia de antagonismos tan fuertes como aquellos que movilizaron la universidad que dirigió Jaime Benítez, así como la falta de un proyecto común. Reflexión que, sin mucho esfuerzo, lleva al pensamiento peligroso, pero a la vez necesario, de la nostalgia de un pasado distinto. Mas, Rodríguez Castro advierte: “la nostalgia no tiene por qué ser positiva o negativa, la nostalgia es un volver a, y en este caso es volver al momento, repensarlo y devolverle su complejidad”. Por tanto, ofrece un momento crucial para pensar si es momento de que la universidad tenga un proyecto común o varios.

“La universidad de Jaime Benítez fue una etapa importante, bien creativa, bien vigorosa, necesaria. No volvemos a ella porque es una etapa rebasada pero hay que entenderla”, finaliza Picó. Por otro lado Rodríguez Castro advierte que “si haces un centenario y lo cifras en una persona se está perdiendo la riqueza de ese momento, hay que mirar más allá de una figura, hay que mirar un proceso”.

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