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UPR

Las otredades del gobernador Sanford

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

30 de Junio de 2009

El gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford.
Foto: http://bmia.wordpress.com/2009/03/16/mark-sanford/
30 de junio de 2009

Por Silvia Álvarez Curbelo
-Presidenta de la Junta Editorial de Diálogo-

En medio de los escenarios críticos planteados por Corea del Norte e Irán y del debate sobre un seguro universal de salud para la única potencia mundial que todavía no lo tiene (las escasamente asistidas vistas congresionales que atienden el centenario problema del estatus de Puerto Rico no fueron noticia excepto aquí), la “desaparición” del gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford, se adueñó de las primeras planas y los ciclos de noticias de 24 horas en Estados Unidos.   
 
Durante varios días, miembros de su “staff” habían estado ofreciendo versiones confusas de su paradero.  Para el martes, la versión que ofrecía mayor credibilidad era la de que se hallaba en los senderos de los Montes Apalaches, al parecer reagrupando sus pensamientos tras la derrota que sufriera recientemente en su intento de rechazar los millones del Plan Obama destinados para su estado. 
 
Si la excentricidad política de Sanford era un lugar común en la arena nacional de Estados Unidos, su reputación como hombre de familia “straight arrow”, sostenedor de valores y con una familia de magacín, había fortalecido en semanas recientes sus aspiraciones a la candidatura presidencial en 2012 dentro de un debilitado Partido Republicano.  Incluso, su resistencia a recibir dinero federal aduciendo que no quería contribuir al alza del déficit del país, lo hacía simpático al sur profundo,  región que la literatura de Faulkner, de Williams y de Morrison describe con imágenes alucinantes pero  truculentas de racismo, sexualidad, violencia y fervor fundamentalista, donde está instalado hoy el partido de Lincoln (aunque usted no lo crea).  Que anduviera errante por los Apalaches no se me hizo extraño; hay una alteridad persistente en Estados Unidos que se incrusta en ciertas geografías que no son sólo físicas sino también geografías insondables de la cultura. Los Apalaches son una de ellas: tierras de extrema pobreza donde una buena arma, un Bourbon fuerte y una Biblia son los mejores compañeros de vida.
 
Cuando temprano en la tarde del miércoles se anunció que el lugar donde había estado Sanford era Argentina, se me tambaleó aquella composición de lugar  pero sólo por unos momentos. Un desprevenido “staffer”, se apresuró a decir que el gobernador había ido a la “costa” argentina porque quería refugiarse en un “lugar exótico”.  Por supuesto, las otredades son relativas.  Aunque, arquitectónica y culturalmente, sea una de las ciudades más europeizadas de América, Buenos Aires también remite a estereotipos hollywoodenses de sexualidades brotadas en el enredo de pies y el torcer de las cinturas de un tango malevo.  Buenos Aires puede constituir un  “afuera” muy profundo para un ayudante de gobierno de Carolina del Sur.
 
Pero el culebrón, como sabemos, no quedó ahí.  A pocos minutos de iniciada la conferencia de prensa para explicar su estatus de desertor, el testimonio del propio gobernador reveló esa “otra” realidad que había ido a encontrar en la Argentina.  Se trataba, para variar, de otra relación extramarital confesada, de aún otro republicano caído por la incontinencia de la carne. 
 
Cuando fue congresista, Sanford pidió a voz en cuello la renuncia del presidente Clinton por el affaire Lewinsky; cuando su colega republicano Bob Livingston confesó a una ristra de infidelidades durante matrimonio, Sanford consiguió que Livingston renunciara a su designación como Speaker tras la caída de Newt Gingrich (otro que también baila).  Nadie como Sanford para servir de inquisidor sexual.
 
Escoja usted la imagen que guste: puede ser la vieja salsa que habla de “la hipocresía y la falsedad” o el arquetipo literario de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.  Cómo los políticos manejan sus exotismos, sus Apalaches y sures profundos, sus cuerpos complicados, es un tema con consecuencias públicas importantes.  Antes de emprender cruzadas ‘macartistas’ en contra de sexualidades ajenas, antes de proclamar purezas refrendadas por textos religiosos y visiones de lo que constituye una familia “normal”, les invito, señoras y señores de las buenas costumbres, a revisar su propio inventario de otredades.

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