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Desafío

Jaime Benítez: crónica de un retrato

Cartel conmemorativo del centenario de don Jaime Benítez.
Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

25 de Octubre de 2008
Por:  Antonio Martorell
De:  Especial para Diálogo

Debo comenzar por declarar que ésta es la comisión más difícil que he recibido en toda mi vida de cartelista. Diseñar este cartel fue enfrentarme a sentimientos, ideas y tiempos contradictorios. Trataré de explicarme.
Conocí a don Jaime Benítez en cuatro diferentes etapas de mi vida y de la de él.

La primera fue cuando, en el 1965, ingresé a la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, y, sin previo aviso, en el camino bordeado de palmas que conduce a la Torre, me topé con este señor sonriente con la mano derecha extendida, dándome los buenos días y la bienvenida al primer centro docente del País. Fue un momento extraordinario para un joven de diecisiete años sentirse bienvenido a esta universidad por el rector en persona.

La segunda etapa de mi relación con don Jaime no fue tan grata como la primera. Corrían tiempos de grandes conflictos no tan ajenos a los que vivimos ahora porque ésta es tierra de conflictos no resueltos que cada cierto tiempo se agudizan. En esa época marcada por la violencia, no nos dábamos la mano ni mucho ni poco.

Más bien yo utilizaba la mano para dibujar caricaturas inclementes de su persona, algunas de las cuales aparecen aquí, que me sospecho él disfrutaba en su fuero interno porque el rector Jaime Benítez, y luego el presidente Jaime Benítez, siempre hizo gala de un sentido del humor muy agudo ante la adversidad y el adversario probado en múltiples ocasiones.

La tercera instancia de mi relación con don Jaime fue cuando ya estaba bastante alejado de la vida pública. Yo trabajaba como periodista gráfico acompañado de Eneid Routté-Gómez, quien ideó una serie de artículos para el periódico The San Juan Star titulada Hints of History.

Para ello, se escogieron personajes clave de nuestra historia reciente que se entrevistaron en un momento con probabilidad ya irrepetible porque todos estaban bastante avanzados de edad. Recuerdo que en esa serie figuraban Felisa Rincón de Gautier, mi maestro Lorenzo Homar, y Ruth Fernández, entre otros. Para llevar a cabo tanto las entrevistas como los retratos nos trasladamos a los hogares o lugares de trabajo de nuestros invitados y, en el caso de don Jaime, a la oficina que mantenía, ya retirado, en la Universidad.

En ningún momento la persona entrevistada asumía una pose frente al retratista y mucho menos don Jaime, que era todo movimiento y gesticulación. Todos los entrevistados, y el ex rector y ex presidente no era la excepción, estaban enfrascados en conversación con la periodista que era (y es) muy hábil.

Mientras el entrevistado contestaba, yo me movía por el salón haciendo apuntes rápidos, bocetos instantáneos sobre papeles bastante amplios con el soporte de un cartón corrugado y a éstos se debe la textura, las líneas paralelas y verticales que ustedes notan, porque aunque el papel era grueso, yo dibujaba con carbón y la superficie del cartón se evidenciaba a través del papel.

Dibujé en esa ocasión varios retratos. Uno de ellos lo adquirió el The San Juan Star y otro de ellos se lo regalé a su hija Margarita Benítez, el cual se exhibió en los actos funerarios de don Jaime. Como parte de este cartel que celebra su centenario, en una especie de papel mural que sirve de fondo al perfil realizado entonces, aparece uno de los dibujos que fue publicado en el periódico destacando una cita en la cual el entrevistado se describe a sí mismo de un modo cabal.

Dice así: “He descubierto que enseñar me interesaba porque un buen maestro tiene que continuar siendo un estudiante y eso es lo que he sido toda mi vida”. Me parece que esas palabras describen la pasión por el conocimiento de Jaime Benítez y también su creencia en la Universidad como Casa de Estudios, aquella sacralización del lugar impoluto que tanto defendió y tanta guerra provocó.

Hace poco me hicieron una entrevista para una serie televisiva y me preguntaron de repente: “Si usted fuera a describir a Jame Benítez en una oración, ¿cómo lo haría?”. Sin pensarlo dos veces, ni siquiera una, contesté: “Jaime Benítez era un príncipe de la iglesia universitaria”, con todo lo que eso puede decir.

El cuarto encuentro ocurrió en Cayey. Era una de esas veladas en casa de la rectora Margarita Benítez cuando estábamos ya de retirada tarde en la noche y tan sólo quedábamos un puñado de invitados, copa en mano, frente a la barra. Don Jaime se me acerca, me echa el brazo por encima del hombro y le dice a los demás: “¿Ustedes ven a este señor que está aquí? Si yo hubiera tenido alguna vez una duda sobre la inteligencia de mi hija Margarita, se me hubiera disipado cuando nombró a este señor Artista Residente del Colegio”. Esto lo dijo sonreído con ojos plenos de picardía. Sabemos que cada declaración suya era rica en más de un sentido y esta no era la excepción.

No, no ha sido tarea fácil el tratar de condensar cuatro tiempos en una imagen, no obstante cuán plural y multiplicada. Pero me he esforzado en ser fiel a mi percepción de las variadas facetas de un hombre complejo que supo defender lo que creía, que se opuso al poder, desde arriba, desde abajo, a izquierda y derecha, y que lo ejerció con gran elocuencia, autoridad y valor.
Es, sin duda, una visión crítica. No podía ser menos siendo un homenaje universitario, fiel al personaje celebrado. Creo que a Jaime Benítez le hubiera gustado.

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