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Música pelotera

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

8 de Mayo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Abril-Mayo 2009.


Música anyone?


Por Luis Odlum
De Diálogo

Recuerdo cuando Juan (Kiki) Benítez conectó un doble por el jardín izquierdo. Obligados por nuestra madre a ser Cangrejeros, los hermanos celebrábamos mientras los Metros de mi padre buscaban la bola. En pleno parque, vimos que, después de la algarabía inicial por el doblete del zurdo, del público salió un gordito calvo (creo que le decían El Vaquero) que se movía de lado a lado mientras el público gritaba: “Eeee fuaa, eeee fuaaa, eeee fuaaa… uuuuuuuu”.
Esos sonidos de parque, junto con el intenso olor a grasero de manteca pasada, bacalaítos y hot dogs eran el sueño de todo niño gordito de la época. Cerveza Schaeffer, empanadillas de pizza, alcapurrias; ese era el sueño de todo adulto temerario y ochentoso que no le temía a la alta presión. Los parques de pelota siempre han gozado del nivel más alto posible de folclor urbano y todavía eso es palpable en los parques de doble AA: allí el bestialismo boricua se manifiesta en todo su esplendor. Pero, a medida que la liga invernal fue bajando de nivel y los equipos dejaron de tener sus jugadores emblemáticos (de eso que les hable mi pana Edgardo Rodríguez Juliá), la pelota en el Hiram Bithorn fue perdiendo su fanaticada y finalmente tuvo un triste receso en el 2007, después de años de continuidad.

En el 2006, apareció por primera vez el Clásico Mundial de pelota, un evento organizado por Major League Baseball. Trajeron a Puerto Rico equipos de calibre de grandes ligas y a casi todas las superestrellas. Este evento se repitió este año, para disfrute de todos los amantes del deporte. Tuve la oportunidad de asistir al parque. Luego de meses de espera con mis boletos separados, llegué para hacer la fila de los bleachers y posicionarme de manera que me llegaran los batazos de Carlos Delgado. Lamentablemente, Carlos falló por apenas 20 pies.

Al llegar a la puerta, me tocó detrás de unos fanáticos que vinieron equipados de sus panderos. Para mi sorpresa, el personal de seguridad les negó la entrada a los instrumentos, a pesar del elogio al escándalo boricua que publicó el Boston Globe en el fogueo de los Red Sox y Puerto Rico, único momento en que he celebrado la derrota de Francona y su grandioso equipo. Para aumentar mi sorpresa, la venta de comestibles se reducía a hot dogs, pizza y Coors Light. Ni un poquito del aroma del grasero loiceño se sentía en los duros asientos de los files. En otras palabras, la apropiación del estadio por la organización empresarial beisbolera se hizo sentir.

A pesar de una apertura llena de referencias nacionalistas y folclóricas, que contaba con vejigantes, pleneros y reguetoneros, el sonido criollo se detuvo allí. De ahí en adelante reinó la bobera enlatada y los comentarios desatinados de un locutor que no logré identificar. El evento apoyado por un gobierno que legisló a favor de una ley para proteger la llamada música autóctona tuvo la oportunidad de incluirla en esta ocasión pelotera, donde todavía tiene la vigencia que quisiera ese tipo de artistas que tuviera en el resto de las actividades de entretenimiento del país. En vez de colocar un batallón de pleneros a través de todo el parque para crear una especie de huelga gigantesca con coros alusivos al juego, nos trajeron unos breves segmentos de batuplena, que no es más que batucada con coros de plena para anunciar a los auspiciadores. Solamente contaron con un grupo de plena (Plenéalo) para tocar por encima de una pista ya grabada. Las tonadas de Beetlejuice y de Rocky fueron la regla del día, con sonidos especiales de cristales rotos y disparos de Star Wars a todo volumen que se repetían excepto cuando el animador gritaba “momento degree”.

Fue un espectáculo patético de decisiones sonoras aburridas y fuera de contexto. El animador de los Cangrejeros que bailaba encima del dogout del equipo local fue sustituido por un coquí animado que parecía un Gumby borracho y descoordinado. Creo que el único momento que disfruté fue el momento en que Iván “Pudge” Rodríguez vino al bate con las bases llenas y sonó Eye of the Tiger de manera triunfal, levantando al público para apoyar a su Rocky Balboa desempleado.

Por otra parte, cada pelotero tuvo oportunidad de escoger su “jingle” para presentarse a la caja de bateo. De esa manera nos dejaban saber un poco de su personalidad. Los más políticos, como Cora y Delgado, cargaron su música de referencias nacionales: Puerto Rico patria mía sonaba cuando nuestro estelar primera base se presentaba y el Gran Combo acompañaba a Cora. Beltrán, un jugador profundamente religioso, nos recordó que Él está ahí. Los demás, en su mayoría jóvenes, entraron al son de reguetón. Hubiese querido saber qué música hubiese acompañado a Jorge Posada, ¿Erasure? No sé, me parece que el receptor Yankee tiene un gusto medio popero ochentoso, pero eso lo deben saber los fanáticos del imperio del mal. De Chequito Oquendo no quiero ni opinar. Pero, ¿por qué no nos dejaron saber qué escuchaban los holandeses? Eso me partió el alma. Imagínense a Randall Simon con un poco de calipso o a Rick VandenHurk cargado con puro folclor holandés, una polka de Gilius van Bergeijk.

En el XBOX existe un juego llamado FIFA 2008 en el que se simula un partido de balompié con el equipo que uno escoja. Eso incluye hasta a los Islanders. Siempre me gusta jugar con Brasil, porque es ahí donde juega Ronaldinho. Tan pronto empieza el juego, se escucha el bullicio brasileño, los agogos y los surdos a todo tren. No quisiera que en el futuro me toque jugar con el equipo de Puerto Rico no vaya a ser que, mientras tenga bases llenas con Carlos Delgado al bate, el juego comience a tocar Pajaritos a volar. Por Dios, así cualquiera se poncha.

Comentarios a luisodlum@hotmail.com
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