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La elocuente mudez de Carlos Schilling

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

8 de Mayo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Abril-Mayo 2009.


Quebrantahuesos


Por Sonia Marcus Gaia
De Diálogo

“El silencio vale más que mil palabras”, han pregonado algunos. Pablo Neruda escribió “me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Otros, menos agresivos, han disparado que “en boca cerrada, no entran moscas”. Múltiples citas, versos y refranes avalan el valor del silencio. Desde sus diferentes trincheras, han recurrido al silencio como arma de defensa contra el hastío. Sin embargo, el vacío sonoro puede ser, por deber, una instancia; por derecho, una constancia; por antonomasia, el lenguaje oculto bajo el manto de humanidad con que nos vestimos a diario; en el fondo, como todo aquello que nos acerca a los dioses. Porque lo único que nos separa de ellos, no lo olvidemos, es el lenguaje.

Por ello, la palabra es una castración que muta y permuta nuestros anhelos de regreso al paraíso. La búsqueda infinita del vocablo perfecto, las ansias locas de expresar, fiel y exacto, lo que sentimos, la monumentalidad del sin sentido cuando no podemos hacernos comunicar, no son otra cosa que un viaje al vacío existencial de lo imposible. Ladrar en las noches trasnochadas, jadear con el más absurdo onanismo o mover el cóccix de alegría no basta; tendríamos que devenir en animal para que el lenguaje fuera completo. La palabra es un acto de fascismo; ella domina esta cárcel de piel, miserias y venas que nos encierra y limita. Tratar de dominarla a ella es tan imposible como lanzar piedras a la luna.

El silencio, por su parte, se ha tomado como el lugar donde se filtra la claridad para desentrañar nuestras reflexiones y donde maduran nuestras ideas; es el espacio donde nos encontramos con nuestra subjetividad y nos formulamos nuestra manera de cómo interiorizar el mundo. Nada, absolutamente más cursi y simplón que esto. A menos que seamos beatos ascetas, ermitaños o puros esguinces esotéricos, la formulación del mundo se hace desde la pura conciencia de la existencia humana, desde la dialéctica del silencio o el ruido, desde el ser politikon, el animal social, hasta la mudez del albedrío. Sentarnos a meditar no es suficiente para comprender el mundo, se necesita de garras para arrancarle la garganta, romper cada espacios que construye el ciclo de la vida y empezar a desarmar lo armado. El silencio es un ente material, disoluble, pero las ganas para que hable es predominio y ganancia del Tiempo.

Cuando Carlos Schilling, escritor y poeta argentino, plantea el ruidoso silencio en que se trastorna y transita la soledad de la casa, lo hace desde el nombrar. Esto es interesante si recordamos que dicho acto es una tarea humana, porque con la denominación del sujeto nos lanza al calvario de existir. Es el origen de la vida, el sello autóctono que no olvidamos para no perder el rumbo; es el inicio del Yo. Sólo que éste no existe en solitario, siempre está colmado de un Nosotros; aunque este último se halle en silencio, aunque su mera presencia sea un rechazo, un olvido o una ausencia. Puede sentirse confundido de semejante dislocación existencial, pero no nos perdamos, no somos únicos; sólo nos partimos en muchos cuando más claros estamos.

La unicidad es una tarea tan utópica e inútil como el dominio de la palabra, que lo diga esta casa en donde “me veo a mí mismo como un mudo/ que trata de inventar otro lenguaje/ con gestos y con muecas y con ruidos/ y lo único que logro son chillidos/ porque cada palabra es un ultraje”. Acompañándole están, por ello, la mudez, la guerra contra el lenguaje, quedándose con aquello que le será fiel, por tratarse de la pureza que atenta contra la muerte: su lado inhumano, su Yo animal. Ya percibe que, “para alejarse de sus huellas”, el Tiempo no necesita quitarle nada del mundo. Alerta está, aunque dubitativo, que toda esa realidad mundana es un espejismo, de allí que se cuestione “¿cómo podría ahora ser yo mismo/ quien se reconociera en estas cosas?” porque los espacios encierran instancias, y es el Tiempo el que maneja las cuerdas del reloj vital, el que “acepta los motivos/ de la lluvia que cae y la brasa/ sin saber que estamos vivos.”

Ése es el aliado, es la constancia que ejerce el motor de aliento con olor a vino tiento y resaca “(…) antes de abrir las últimas botellas”, es la casaca aguerrida del vencido que se viste de camuflaje y se lanza a la selva a enfrentarse a “uno, dos, tres Vietnam”; ése va a ser el que pida la cuenta al mozo taciturno en la esquina del bar. Porque no hay nada más aperreado, y peligrosamente mortal, que el silencio del mudo, del que ya no tiene nada que perder. Ese mismo, como el hablante lírico de Carlos Schilling, capaz incluso de invertir las palabras para transformarlas en espacios, y apoderarse, dominar, atentar, atrapar la soledad para que la ausencia, incluso, tampoco sea nombrada fuera de esta casa que habitamos todos.
La autora es poeta y experta en literatura del Cono Sur.

Sin título

Carlos Schilling (Argentina, 1965)

Nadie me nombra fuera de esta casa,
ninguna voz pregunta qué me pasa,
qué busco, qué rechazo o qué pretendo
cuando muevo mi mano y no comprendo
a quién saludo, ni por qué saludo,
y me veo a mí mismo como un mudo
que trata de inventar otro lenguaje
con gestos y con muecas y con ruidos
y lo único que logro son chillidos,
porque cada palabra es un ultraje.
Nadie me nombra fuera de esta casa;
no son muchos tampoco los que saben
que en los sentidos de mi nombre caben
todos los nombres que el silencio arrasa,
y si el mundo parece un espejismo,
¿como podría ahora ser yo mismo
quien se reconociera en estas cosas?,
y si siempre me escupen en la cara
¿como podría ser yo quien rogara
que los muertos descansen en sus fosas?
Nadie me nombra fuera de esta casa,
y sólo el tiempo acepta los motivos
de la lluvia que cae y de la brasa
que brilla sin saber que estamos vivos;
sólo el tiempo, supongo, me desea
como al mar, todavía, me desea,
como al cielo y a todas las estrellas,
no por quitarme nada que haya en mí
ni para responderme qué hago aquí,
sino para alejarse de mis huellas...,
y antes de abrir las últimas botellas,
decir con una voz que me traspasa:
nadie te nombra fuera de mi casa.
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