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Lo federal

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

8 de Mayo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Abril-Mayo 2009.


Juntillas


Por Silvia Álvarez Curbelo
Presidenta Junta Editorial Diálogo

En fechas recientes, dos portadas en uno de los periódicos locales, separadas por sólo algunos días, condensaron ese referente de signos cruzados que es para los puertorriqueños lo federal. Una, presentaba al ex gobernador Aníbal Acevedo Vilá bandera en mano, triunfante frente a los intentos de la Fiscalía federal de cancelarle su vida política y personal y, de paso, al Partido Popular Democrático y al Estado Libre Asociado. La otra portada anunciaba, casi con trompetas de bíblico alcance, que los “chavos” del Plan de Obama habían llegado a Puerto Rico. Lo federal en este caso sonaba, si seguimos en tiempos de profetas, a buena nueva, a maná que desciende del cielo para salvar a un atribulado pueblo.

Lo federal, como gran parte de los signos poderosos en la antropología y la comunicación política, es, por naturaleza, vocación e ironía, polisémico. Como diría el genial Cantinflas, sí, pero no y todo lo contrario. Su verdadero sentido siempre está por construirse y depende de quiénes lo enarbolan, los contextos de recepción, las esperanzas y los miedos que le acompañen. Si la patria puertorriqueña es el último recuerdo de un amor profundo, lo federal nunca puede asumir esa entrañabilidad. Es territorio de la ley y del Padre. Es, y lo ha advertido con singular clarividencia la antropóloga mexicana Rossana Reguillo, nuestro asidero más constante; también, nuestro mayor miedo.
Lo federal no es homologable a Estados Unidos. Si en ocasiones se confunde con aquel país, su historia y sus símbolos, es porque tendemos a encarnar a nuestros dioses y a nuestros demonios. Pero, legal, legal, la fuerza de lo federal es fundamentalmente fantásmica. Ciertamente, lo federal es materialidad: instituciones, becas y cupones, territorios vedados y disposiciones recordadas cuando nos subimos a un avión y una voz nos dice que la ley federal prohíbe fumar en los baños (realmente la voz dice lavatorios).
Cuando digo que es una entidad fantásmica me refiero más a la manera en que sopesamos su presencia o su ausencia. Para algunos, lo federal es la negación de lo que somos y ante su flagelo no nos queda de otra que culparle de todos nuestros males. Genera poderosas retóricas de desafío pero que rara vez superan el gesto hierático. La movilización para que la Marina abandonara a Vieques ha sido una excepción que, lamentablemente, confirma la regla. Para otros, es la fuente de todas nuestras bendiciones y, ante la dádiva, asumimos con más fervor los rituales de la dependencia y de la jaibería. Está siempre más allá.

Pocas son las ocasiones en que como colectivo nos planteamos, aún dentro de los límites de la asimetría, la posibilidad de un margen de maniobra. Karl Kraus, el periodista y comentarista excepcional de su época, acuñó esa frase a propósito del estado del arte a comienzos de siglo 20. Tenía que ver con distinciones y espacios provisionales desde los cuales lograr una verdadera autonomía. El hablaba del arte y del régimen industrial. Yo hablo de las distinciones objetivas que posiblemente sea necesario hacer para desfantasmizar a lo federal y poder ganar para el país un mayor margen de maniobra.

De entrada, les aseguro que la autonomía de la cual hablo no debe entenderse como la conocida forma política que, de paso, tiene también más de un significado circulante. A lo que me refiero es a una dinámica de las distinciones en la que lo federal no se maneje, como lo hacen algunos, sólo como déficit identitario que conduce de manera irremediable a la proclama y al rencor pero que tampoco, como plantean otros, sea el signo de la rodilla en tierra y que nos mueva sólo al fatalismo de la dependencia o al vulgar tumbe a rico Mac Sam.

¿Será posible que convirtamos esa conjunción de eventos –el veredicto de absolución al ex gobernador y la llegada de los fondos del estímulo federal– en ocasión para pautar desde las distinciones una reflexión sobre lo federal? ¿Qué tal si comenzamos por el paquete de ayudas? Lo que hagamos o no con esas disposiciones y transferencias puede ser una señal de que somos capaces de identificar las distinciones o si, por lo contrario, ya somos incapaces por ello mismo de toda maniobra.

Algunos dirán que los tiempos no están para ello. Pero para algo deben servir las crisis. Los momentos de tribulación económica han sido antes instancias para reimaginar el país y, al menos, provisionalmente (nadie habla aquí de soluciones mágicas) exorcizar fantasmas y poder ver su rostro.

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