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Desafío
Mariachi en La Perla
Vista de la Perla en San Juan.
Foto:
Suministrada
October 25, 2008 Entraré por el callejón con una bolsa plástica en la que hay un vino con nombre de santa (comprado en oferta en el Supermax de la Plaza de Armas a $11.99), un paquete de naranjas y una caja de cigarrillos. Los muchachos del drivethru se darán cuenta de que hoy no vengo por 3 de 12 ni uno de 6 cuando les pregunte, sin sacar dinero de mi bolsillo, la manera mas rápida para llegar hasta el maleconcito. Los muchachos siempre están sudados y esta luz macilenta dibuja un contorno anaranjado en sus siluetas negras, invistiendo al que baja la cuesta a su encuentro con algo de flor y a ellos con algo de abeja prieta. El del ojo glauco me envía hacia abajo anunciándome una escalera amarilla por donde se baja a casa de la cumpleañera, devota de la Caridad del Cobre, a quien homenajea esta noche con un festín en su casa, al fondo del malecón casi llegando al cementerio. Pero al llegar a las escaleras dudo del tuerto y le pregunto a las únicas criaturas vivientes en esta calle a las 9 de la noche, dos niñas de 10 u 11 años, en esa fealdad mutante que anuncia una pronta adolescencia y 2 hijos antes de los 19. Después de indagar mi pasado atlético, voleibol, basketball, lucha libre, me envían por el mismo camino de los muchachos y yo lo cojo con calma, poniendo mucha atención a cada paso para no caerme porque -llueva o no llueva- el asfalto de la Perla siempre está mojado, y en este jabón el que se resbala se puede romper la crisma. Estos pasitos temerosos me van llevando a esa casita desconocida, que trato de definir en mi cabeza con elegancia de animación checa, definitivamente rosada o verde desde donde -como me avisara su dueña- me alcanzaría la música para guiarme hasta ella como el olorcito de los sándwiches de los campistas atraían, ligero y listo para todo, al Oso Yogi. Y así mismo es. Después de recorrer los 500 metros de la noche aquí abajo, cruzándome con niñas que empujan cochecitos (son muchas), cangrejos detrás de un pedazo de algo y muros grafiteados por chamaquitos con nombres de electrodomésticos y marcas de raquetas de tennis, la música me encuentra y me ubica, metiéndome hacia un callejoncito en el que cuatro o cinco casas se han erguido alrededor de un palo de luz, tótem eléctrico bajo cuyo amparo crece el hormigón armado como antes al borde de un río se asentaban las tribus sagradas. La casa de Aida no es rosada ni verde, ni tampoco naranja, es blanca, y es un apartamento en un segundo piso, retocado con lo que el código telenovelero ha catalogado como toque femenino, con pisos tan limpios que se podría comer de ellos. Las que me reciben, sentadas en banquitos al pie del poste de luz son tres mujeres en esa edad y mantenimiento que conecta furiosamente con lo que Passolini quiso vendernos como el Decamerón. Sus sonrisas son un blueprint de La Perla, con todo el descascare que éste, el fondo de todos mis salitres, puede permitirme y toda la gloria que el mar otorga a los que se dejan penetrar por su yodo místico. Ya en casa de Aida la cosa es otra, más fresca y sencilla: sillón mullido en el balconcito para fumarme un cigarrillo y un altar a la Virgen en el que Aida me hace colocar la fruta que traigo en un plato blanco sobre una estera. La casita es un regalo del hermano de Aida que vive al lado, que se la dio para que no tenga que esperar nada de nadie, plan eficaz en teoría, y que Aida asume como todo lema, hasta donde le deja su propia naturaleza. El más pequeño de todos sus nenes tiene cejas de lince y 2 añitos y me trae una Coors Light en la manita y se me queda mirando largo rato hasta que empiezan a llegar tías y hermanas, primos y amigos, todos de La Perla, al mismo tiempo. El equipo de música, regalo que la mamá de la festejada supo elegir, está partiendo la casa en dos con un bachatón de Anthony Santos y a estos boricuas se les da muy bien la bachata y la bailan haciendo parejas con dominicanas que llevan ya 30 años viviendo en el barrio y que suben el volumen cada 2 compases gritando: eto no e p tai sentao, pidiéndome un cigarrillo que yo me apresuro en prender con el mismo Bic con que se prendieron la velas de Oshún, que según la tía de Aida, una mujer como de 45 años con más de 4 nietos, le ha concedido todo lo que ella le ha pedido con el corazón. A mí se me ocurre más de una cosa y reflexiono sobre la posibilidad de que tanta ambición haga que los dioses se me pongan tacaños, pienso en una sola cosa, la cosa que en verdad quiero y puedo casi tocarla con los dedos, romper el muro colonial que la circunda con las trompetas bíblicas que vienen subiendo la escalera, en trajes de gala, charros color vino que arrancan con las mañanitas tan pronto cruzan el marco de la puerta. En unos minutos Querube hace que el cantante tire unos pasitos de perreo azteca frente a la cumpleañera que se sonroja más por los gritos que provienen de abajo, adonde una gordita que le tiene odio está hablando mierda del party. Pero Aida tiene quién la defienda y su cuñada, una rubia de ojos claros le llena la boca de trompadas sin que se le rompa ni una sola uña y, cuando la gorda se ha ido y los que bajaron a ver el pleito han vuelto, alguien reparte margaritas en vasitos plásticos. Un torrente de arroz, albóndigas y pernil acaban con cualquier intento de baile, por lo menos de mi parte, y el mariachi se despide tras complacer dos o tres peticiones (dos de Luis Miguel y una de Alejandro Fernández) y cerrar con un medley que incluye a Pluma Pluma Gay y una de Don Chezina de cuyo nombre no quiero acordarme. Diviso mi pon en el carrito de golf que la jefa de Aida ha tomado prestado de algún hotel en el Viejo San Juan y me monto en él, pensando en la próxima resaca, mis deseos cumplidos, mientras al fondo, sin violines de terror, ni trompetas apocalípticas, el cementerio más bello de la Isla se lame las heridas con una lengua de mármol que escurre sal y saliva. |
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