Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Marzo-Abril 2009.
Música Anyone?
Por Luis Odlum
De Diálogo
Intentar escapar de las masas escandalosas que se acomodan en las orillas de las playas dirigiéndose a un cayo semiparadisíaco y semisolitario puede desembocar en una tragedia mayor. Armados de motores de 150 caballos de fuerza y con enormes bocinas de fábrica, los lancheros llevan la música a cualquier lugar de fuga. Los lancheros, desprovistos de todo sentido de contacto con la naturaleza, buscan el rincón más callado dentro de los cayos de La Parguera para anclarse y transportan la euforia de los balnearios al escondite escogido para el despeje dominical.
El mar no suena a paz. El mar no suena a las ballenas cantoras de la música new age que me pone mi masajista para relajarme mientras les da un tratamiento full a mis músculos adoloridos. El mar suena a Frankie Ruiz y a Víctor Manuel cuando el macho es alfa y no cede, y a Ednita y a Luis Fonsi cuando la muchacha es “La Jefa”. Pero esos vehículos acuáticos enormes, cuyos pequeños hijos son los jet skis, imposibilitan la tranquilidad del nadador de aguas profundas, como mi editor, y tienen por propietarios a un grupete de campeones escandalosos.
Todo el sueño yanqui-europeo de la paz de la playa ha sucumbido a la bestialidad criolla del sound track de la Z. El peor de los ejemplos de la casta ordinaria que maneja estos botes es la trulla de sordos que visita la islita de Tortola. Anclan sus yates en la playa de Cane Garden Bay y ponen alrededor de 40 lanchas en fila a son de Maná, como si fueran los extraterrestres invasores del filme Independence Day. Esa idea ecológica del compartir con la naturaleza de manera pacífica no entrará por la cabeza de estos salvajes por más que se quiera.
La música como resultado de la inspiración de la naturaleza ha sido parte de las composiciones desde hace siglos. La Mer, de Debussy, es un gran ejemplo de esa inquietud de darle voz a la naturaleza. Aunque ya compositores románticos habían tratado a la naturaleza de distintas formas, esta obra es quizás la primera de suma importancia en donde se emplea la onomatopeya como recurso musical de manera sostenida, de manera que el movimiento armónico de la pieza da la sensación de un oleaje. Inicialmente, la pieza fue rechazada por el público parisino pero, con el tiempo, se ha vuelto una de las más populares del compositor.
También esta imitación se logra con instrumentos tales como el steel drum, que produce un sonido completamente acuático que da la sensación de estar escuchando música mientras se bucea. El sonido burbujeante y meloso del instrumento lo convierte en una especie de kalimba acuática que pone al mundo a caer de espaldas. Hacer partícipe a la naturaleza del evento es parte de lo que conlleva tocar un instrumento, los instrumentistas alteran la naturaleza del espacio que rodea a su instrumento para emitir sonidos y, de paso, intentar hacer música. Sin embargo, la naturaleza como instrumentista no ha sido muy planteada dentro de la actividad. La conversión en sonido de los patrones y los desarreglos de esos patrones no ha sido un fenómeno tan popular entre los amantes del sonido. Las ballenas han cantado (en verdad no cantan), los pájaros habrán hecho algún tipo de cacareo con cierta musicalidad, pero el sonido de los medios como el mar o el aire, como organización sonora, no ha sido algo de lo que se haya escuchado mucho.
Sin embargo, la república croata, un estado que formó parte de la antigua Yugoslavia relativamente parecido a Puerto Rico en cuanto a población y per cápita, cuenta con un órgano de mar. Este órgano recoge la presión provocada por la energía de las olas del mar y la convierte en viento que sopla por sus tubos, creando un sonido que simula la repetición del oleaje. Los diferentes tubos están diseñados de manera que las distintas fuerzas que se les aplican crean una sonoridad basada en secuencias armónicas. Los pronósticos de Susan se convierten en música en Croacia. En Puerto Rico, cada proyección de Ada Monzón se convierte en terror para los habitantes de Tortola y el Caribe, que no cuentan con la distancia suficiente para poder huir de las hordas de tóxicos ambulantes. La obra croata tiene, además, escalinatas de mármol que llegan al mar para que la audiencia se siente a escuchar la música como si estuviese en un anfiteatro griego. Grupos como el Bolivme Prozim, un dúo checo autoproclamado ecologista punk, compuesto por Barbora Latalova y Tomas Mechacek, ha ofrecido presentaciones sincronizadas con el órgano marino, convirtiendo a su amigo inanimado en un músico más de la banda. Llevan así el contacto mítico y reservado para el estudio de grabación a una experiencia real.
Órganos similares se han construido en Londres y en San Francisco por cantidades que no sobrepasan ni una décima parte de la obra de Cristóbal Colón en Cataño y Mayagüez, o los indios taínos que se siguen colocando en los pueblos de la isla, que no dudo tengan un parentesco titánico con los bisabuelos de Arnold Schwarzenegger.
Desde que leí sobre la aventura croata y el premio europeo que ganaron por el buen uso de los espacios públicos, me quedé pensando en “La Nena”, “La Beba”, “La Jenny” y todas las demás “nenas” que se anclan en Tortola. ¿Cómo sería un órgano hecho de lanchas? Sería quizás una oda a las islas verdes en el fondo azul del mar de Palés. Podría ser, tal vez, un llamado mesiánico a los lancheros; una revelación divina que les haga quitar el disco de Maná de una vez por todas.
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