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Ecologías

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

7 de Mayo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Marzo-Abril 2009.


Juntillas


Por Silvia Álvarez Curbelo
Presidenta Junta Editorial Diálogo

En su etimología más antigua, y quizás la más definitiva, ecología remite a dos vocablos griegos, el oikos, que es la casa, y el logos, que es el saber. Nada más humano pero a la vez nada más vulnerado por la acción humana.

¿Qué es la casa? Mi casa es aquella casa grande que es el planeta pero también las casas más discretas que son mis comunidades –mi país, mi ciudad natal, la cooperativa donde vivo, la universidad donde trabajo- hasta llegar al “cuarto propio” de cuyo rescate hablaba Virginia Woolf y que culmina ese “Google Earth” de mi identidad.

¿Qué les debemos a nuestras casas, qué les debo a las mías? Saber de ellas, con disposición abierta pero a la vez crítica; con vocación de conservación pero sin purismos. Porque si bien el saber de nuestras casas no debe asentarse en la lógica del dominio o de la instrumentalización, tampoco es cosa de ahogar las posibilidades de adaptación y cambio en aras de purezas imposibles.

Hace algunas semanas, y convocados por el arquitecto Jorge Rigau y un entusiasta batallón de voluntarios, miles de personas, en familia, en parejas o en solitario, se personaron en el Barrio Arenales Arriba en Isabela para conocer y caminar los Canales de Riego. En los terrenos de un antiguo Drive-Inn, esperaban guaguas y guagüitas que acomodaron a los visitantes que pacientemente habían hecho la fila sin chistar. Bueno, excepto uno que, para confirmar la regla, se quiso pasar de listo e intentó colarse antes de retirarse abochorna’o por los silbidos de la gente.

Un prístino recorrido de senderos de agua y veredas abundantes en flora y fauna nos descubre una de las grandes obras de ingeniería y servicio público que se han dado en nuestro país. Por muchas décadas, desde su construcción en 1927, las aguas provenientes del Lago Guajataca sirvieron para producir energía y para regar extensas áreas de sembradíos. Todavía hoy, los canales producen agua.

Pero los canales también evocan otra historia que los jóvenes de la comunidad circundante que no la vivieron han aprendido a contar. Habla esa historia del esfuerzo de manos y talentos de profesionales y trabajadores; de la lucha contra la fatalidad de la pobreza y el aislamiento de generaciones pasadas. Habla también de una historia nueva, la que se enhebra en el saber y cuido de esa casa del agua por la comunidad, cuyas situaciones de vida tienen algunas semejanzas con aquella generación de constructores pero también muchas diferencias. De eso se trata la continuidad ecológica.

Aledaño al Jardín Botánico en Río Piedras, donde nace el río que le da nombre a la ciudad, emerge otra mágica casa del agua. La Universidad de Puerto Rico y el Fideicomiso de Conservación restauran las instalaciones y la represa del primer Acueducto de San Juan. Como en el caso de los Canales de Isabela, se rescata naturaleza y se rescata historia.

Si seguimos el cauce del río, llegamos a la legendaria Quebrada Juan A. Méndez; de ahí, al mar por la Laguna San José. A ambos lados de la cinta plateada, parajes de colorido dadivoso, sonidos que hemos dejado de oír por las cacofonías urbanas, sorpresas de la botánica, animales insospechados. Paisajes recobrados, como se recuperan otros, en la crecientemente inhóspita área metropolitana, como el Parque de Doña Inés, o el de San Patricio.

Ahora bien, y no me acusen de hereje: en el proyecto del Acueducto reservo para mí la majestuosidad del hierro de las antiguas máquinas; la cisterna gigantesca y los sueños cumplidos de los ingenieros que llevaron agua por gravedad desde el río al puerto sanjuanero. Es la crónica noble de las mejores obras públicas que entablan con los paisajes vivos complejas pero no incompatibles relaciones. De eso también trata la continuidad ecológica.

¿Podemos encontrar otras casas? ¿Podemos conocerlas, cuidarlas, recobrarlas como historia y como naturaleza? Conservar nuestras casas no es museificarlas; saber de ellas no se agota en documentarlas o convertirlas en archivo (lo cual también es necesario y es una aventura intelectual y espiritual gratificante). Es establecer renovadas relaciones con ellas evitando los males de siempre: el mal gusto, la violencia sobre los espacios y estructuras, respetando escalas y calidades; abriendo las puertas y ventanas a las brisas suaves del conocimiento sensorial y del conocimiento memorioso. Saber de nuestras casas es comprometernos con su continuidad transformada; incorporar sus historias claras y también sus historias de turbidez; fomentar sus resurrecciones desde criterios sensatos y generosos de actualidad.

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