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Desafío

Los nuevos decadentes DeLorean

DeLorean, autómovil protagonista de Back to the Future.
Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

October 24, 2008
Por:  J.E. Fernández
De:  Especial para Diálogo

Nos han estafado. Las promesas del futuro que nos hiciera Robert Zemeckis en la segunda parte de la trilogía de Back to the Future no se han cumplido. Nada de patinetas voladoras, no hay tenis que se amarren solas y ni un solo carro volador que esté comercialmente disponible. De hecho, lo poco que nos ata a esa promesa del futuro que nos hicieran los ochenta es pura nostalgia, contenida en la forma de dos mil setecientas libras de acero inoxidable y trescientas mil libras de actitud… el DeLorean DMC-12.

Diseñado por el notorio Giorgetto Giugiaro (cuya firma Italdesign fue la responsable de crear un concepto de Mustang que alzó más de un par de cejas en Estados Unidos), el DeLorean DMC-12 es una de las mejores definiciones automovilísticas de su era, ya que resultó ser, básicamente, un limón bien sexy.

Por supuesto, gran parte del mito surge de haber sido el carro que ayudó a Marty Mcfly a inventar el blues por accidente. Pero, la segunda cara del DeLorean fue, en cierto sentido, absorbida por el impacto cultural de las películas de Zemeckis. Esa otra cara, que ahora está resurgiendo, es la que obtuvo gracias a la reputación de su gestor, el Sr. John DeLorean.

El mito de DeLorean, el hombre, está hecho de tres ingredientes básicos: champaña, mujeres y perico. Famoso también por ser responsable del diseño del Pontiac GTO, DeLorean dejó General Motors para formar su propia compañía, y el producto de la separación fue el DMC-12.

Entre una cosa y la otra, DeLorean se mantenía ocupado en sus ratos de ocio corriendo hasta sin capota con supermodelos y actrices de cine, entre las que resaltan Raquel Welch y Ursula Andress. Llevar un estilo de vida como ése era una de las varias maneras en que a DeLorean le gustaba meterle el dedo en el ojo a la industria automotriz, tomando en cuenta que la cultura corporativa de la época le fruncía el ceño (al menos públicamente) a tales muestras de sibaritismo desmedido.

Históricamente, las instituciones han tenido problemas con que la gente se divierta demasiado. Por algo DeLorean terminó envuelto en uno de los casos de entrampamiento más famosos de la historia de Estados Unidos al acceder a entrar en negocios turbios con agentes federales, que posaban como traficantes de drogas exhortándolo a realizar una inversión inicial en una transacción millonaria de cocaína como manera de poder alzar capital para su compañía y evitar la inminente quiebra de la que fue víctima la empresa.

Esa imagen del DeLorean, que se creía oculta totalmente bajo la sombra del legado fílmico de Back to the Future, está viendo un curioso resurgir que, por supuesto, no se da en el vacío. Una mezcla de condiciones económicas tétricas y el abuso saludable de ironía y nostalgia han venido a darle a DeLorean –tanto el hombre como el carro– una relevancia a través de lo que se podría llamar “retrodecadencia”: un festival de autoindulgencia en el arte que mira hacia el pasado vil de la época de los ochenta como una era excitante y poco complicada donde preocuparse por las necesidades propias era algo socialmente aceptado y celebrado (algo así como mirar la República de Weimar luego de la Primera Guerra Mundial, tenebrosamente, justo antes de que todo se fuera abajo otra vez, en Europa).

Esta tendencia se ha dado más fuerte en la música. De buenas a primeras, el proyecto llamado simplemente “Delorean”, del cual sólo se conoce que 1) son cuatro tipos de Barcelona, y 2) que suenan como si fueran los hijos hiperactivos de Giorgio Moroder. Tienen un disco, llamado “Transatlantic KK”, altamente recomendado a la hora de vestirse de colores pastel e irse de fuga justo en el momento en que el sol está a medio esconderse en el horizonte.

Luego le sigue “Hot Pink Delorean” (por ahí está el abuso saludable del que les hablaba hace un rato) que, como sugiere el colorido apelativo, es un sonido aún más atascado en sintetizadores. Estos son tres dj’s oriundos de Boston en banda sonora como para andar metidos buscando peligro en una discoteca a horas escandalosas de la madrugada.

El plato fuerte llega con el proyecto “Neon Neon”. Entre el productor Boom Bip, y el cantante de la banda de rock galesa Super Furry Animals, Gruff Rhys, se ha cocinado un disco conceptual, creando viñetas musicales que imaginan lo que pudo haber sido la vida del propio DeLorean. El disco, titulado “Stainless Style”, además de estar cargado con las obligadas referencias ochenteras, llama la atención por ser un álbum de canciones disco que resulta ridículamente pegajoso.

Éste es el que uno pone cuando quiere seducir a alguien, preferiblemente dentro de un carro que tenga puertas que abran hacia arriba.

Recientemente, The New York Times publicó un perfil de una joven dama, empleada en el mundo de la publicidad que, luego de hacer una extensa investigación sobre los pormenores de poseer un DeLorean, decidió regalarse de cumpleaños un DMC-12 del 1981, entrando en detalles sobre lo que es la “experiencia” de ser dueño de un carro raro. Según la Srta. Lauren Rilley, el significado de la adquisición se puede resumir en la siguiente declaración que le hizo al rotativo: “Having a
DeLorean is like 5 percent being a rock star”. De eso, precisamente, es de lo que se trata todo esto.

El DeLorean ha sido rescatado y reacondicionado para el consumo de una generación que cada vez anda más pendiente a adquirir todas las malas costumbres de décadas pasadas, descontextualizándolas, para poder recrear el sueño que nos vendió esa década, pero ahora en nuestros propios términos.

Este país posee una conexión tenue con el carro bastante peculiar: Puerto Rico estuvo a punto de ser sede de las plantas de fabricación del DeLorean. Según varias fuentes en línea, había un acuerdo a punta de caramelo a finales de los setenta para que el carro se construyera aquí, pero John DeLorean decidió aceptar una desesperada canasta preñada de subsidios e incentivos que le enviara a última hora el gobierno británico para que el carro se construyera en Irlanda del Norte y, de una vez, ayudar a combatir el desempleo rampante. Para Puerto Rico, el DeLorean fue una de las varias promesas que rompiera DeLorean a través de su vida.

Muchas de nuestras obsesiones adultas tienen que ver con lo que nos prometieron y nunca nos dieron cuando éramos más pequeños. No es coincidencia que muchos de los que ahora recrean y consumen el DeLorean decadente fueron niños de una década donde los dos eslóganes publicitarios más celebres fueron “Just Do It” y “Just Say No”.

El carro de las puertas que se abren hacia arriba es una promesa rota hecha en acero inoxidable. La campaña publicitaria de 1981 nos exhortaba: “Drive the DeLorean, live the dream, today”. Fue un tiempo en que se mostraba la belleza de la tentación y se reprimía por acceder a ella; una época que, igual que DeLorean, nos prometió todo y nos dejó nada.

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