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La Casa de Estudios plural y democrática

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

31 de Marzo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa Diálogo Octubre-Noviembre 2008


Por Carmen Centeno Añeses
Especial para Diálogo

No es hiperbólico decir que la figura de Jaime Benítez marcó profundamente la vida universitaria puertorriqueña, aún cuando difiramos de algunas de sus ideas y gestiones, atravesadas como estaban por su ideología y compromisos políticos. Al juzgar su obra educativa es tanto imposible olvidar su procedencia de las filas nacionalistas como que éste se convertiría en un destacado intelectual orgánico del partido en el poder. Ambos elementos moldearon su pensamiento, sus ejecutorias universitarias y su política de apertura a un exilio español caracterizado por su oposición al régimen antidemocrático de Francisco Franco.

¿Cuánto aportó Benítez a la vida universitaria? La respuesta a esta pregunta no debe darse desde una visión polarizada que resucite de forma simplista la dicotomía de occidentalistas y puertorriqueñistas sin tomar en cuenta las posiciones intermedias, sino en una que pondere el contexto en que se dio dicha pugna y los puntos de convergencia entre unos y otros. Recordemos que la lógica reduccionista juzga anacrónica y mezquinamente.

Se ha mencionado hasta la saciedad su discurso orteguiano, mas es justo destacar que en su época eran diversos los intelectuales que se adhirieron a las prédicas de Ortega y Gasset. Sus palabras sobre la obra de Luis Palés Matos nos remiten a una visión más compleja del que fuera Presidente y Rector de la Universidad de Puerto Rico: “Tal vez Mulata-Antilla que cierra el ciclo negroide, sea la verdadera salida de Palés. El hombre blanco olvida sus nostalgias europeas y se entronca resueltamente en el lar antillano”.

Benítez se inicia en la vida universitaria como profesor durante la década del treinta. En 1942 es nombrado rector del Recinto de Río Piedras, puesto en el que permanece hasta el 1966, año en el que se convierte en el primer Presidente de la Universidad. Su labor formó parte de la Operación Manos a la Obra con la cual el Partido Popular Democrático sistematizaba su plan de industrialización del país. Bajo su liderato se llevaría a cabo más de una reforma universitaria. En 1943 el Colegio de Artes y Ciencias se fragmenta en las unidades especializadas de Humanidades, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Se funda, además, el Programa de Estudios Generales y en 1950, la Escuela de Medicina. Se creaba así la infraestructura que potenciaría la expansión de la educación superior en el país. Con esta división también se cimentaría el surgimiento del intelectual experto o especializado de que nos habla la ensayista argentina Beatriz Sarlo, cambio cónsono con los que se articulaban en toda América Latina ante el nuevo papel que asumirían los intelectuales desde fines de siglo XIX, como nos ha hecho ver Julio Ramos en su clásico libro Desencuentros de la modernidad en América Latina. Benítez, sin embargo, fue un intelectual de transición debido a sus vínculos gubernamentales.

Tampoco podemos olvidar, al pasar juicio sobre su obra, que hubo en la universidad una prestigiosa disidencia que impugnó la reforma propuesta en el 1942 y el humanismo occidentalista que cimentaba la misma. Ésta estaba compuesta por voces como la de Margot Arce de Vázquez, quien junto a la Asociación de Mujeres Graduadas, irrumpió en el masculino espacio letrado para reclamar en diversas ocasiones que, como parte de la reforma universitaria, toda la enseñanza se condujese en español, que se debía de dar mayor atención al estudio de nuestra cultura y de nuestros problemas puertorriqueños, así como que se crearan misiones universitarias que acercaran la universidad al pueblo. Una de sus peticiones era la de dotar a la institución de “una autonomía real que la sustrajera de la política partidista”.

Las acciones más polémicas de Benítez tienen que ver no sólo con su postura sobre la enseñanza de los saberes. A fines de los cuarenta la universidad se vería marcada por la Ley de la Mordaza. Este estatuto, que duró hasta finales de la década del ‘50, fue impuesto principalmente para perseguir al nacionalismo y los sectores liberales, según señala Francisco Scarano en su libro Cinco siglos de historia. Dentro de este mismo periodo más de mil puertorriqueños fueron encarcelados con motivo de la Revuelta Nacionalista. Es en ese contexto en el que Benítez le impide hablar en el teatro, (abierto anteriormente a Luis Muñoz Marín) al líder nacionalista Pedro Albizu Campos, que se producen las expulsiones de Juan Mari Bras y Jorge Luis Landing de la Casa de Estudios, el cierre del Recinto de Río Piedras y se crea el Estado Libre Asociado del cual Benítez fuera uno de sus artífices.

En el tránsito de los cincuenta a los sesenta la academia sufrió una gran transformación con el advenimiento a la vida universitaria de cientos de estudiantes, diversificando así la procedencia de la población estudiantil y contribuyendo de esta forma a una mayor movilidad social. En los sesenta, fracturado el silencio de la década anterior, nuevos actores sociales convertirían a la universidad en un centro de resistencia cultural y política en el que el estudiantado tendría un papel protagónico.

Mas, la historia de la Universidad de Puerto Rico bajo el liderato de Jaime Benítez es también la historia de las apropiaciones de su espacio y de la lucha por puertorriqueñizarlo. Esa gestión se dio de múltiples formas y participaron en ella diversos agentes: tanto la disidencia compuesta por profesores y estudiantes como el propio Jaime Benítez. Las negociaciones fueron en su mayor parte formas de arraigar la permanencia de esta institución y de distribuir de manera más equitativa el capital intelectual. Los consensos en torno a temas como el idioma y la autonomía también rindieron fruto.

La conversión de nuestro primer centro docente en una amplia institución de educación pública que contribuyó a democratizar el acceso al saber sigue siendo un reto en el presente. Por eso el centenario de Jaime Benítez nos convoca a la defensa de la Universidad y de su autonomía, a repensar su función y la de la Casa de Estudios como espacio crítico, plural, polifónico y democrático, abierto a la heterogeneidad de pensamiento y al diálogo respetuoso; como lugar que hay que privilegiar dentro de la sociedad puertorriqueña, no para confinarlo en las murallas del elitismo académico que ronda continuamente los pasillos universitarios con sus políticas de exclusión, sino para expandir sus puertas, para hacer más porosas sus fronteras, para transitar nuevos senderos como lo hiciera Benítez en sus más destacadas y atinadas gestiones educativas.
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La autora es Catedrática Asociada de la Universidad de Puerto Rico en Bayamón.
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