El interés suscitado por la auto-representación mortuoria de Pedro Pantojas, el muerto parao, ha rebasado los ciclos noticiosos y de espectáculo más jugosos. Creo que durará lo suficiente como para crear oportunidades mercadotécnicas, cuyos antecedentes menos radicales se encuentran en la producción popular desde hace algunos años de merchandising fúnebres, tales como camisetas, globos, pegatinas, peluches y otras parafernalias mediante las cuales se exorciza la muerte de un inocente o la del pana interceptado por la lluvia de balas, y se promete un “No te olvidaremos”. En el muerto parao hay todavía mucho de eso pero también otras claves de sentido más ominosas.
Las precisas instrucciones dispensadas por quien hacía guiños con su muerte desde hacía varios años dan mortaja antropológica para cortar. Pienso que la familiaridad del joven con los lugares y los oficiantes de la muerte –con matones pero también con funerarios- no es un viaje morboso en solitario. La fetichización y la con-celebración de la muerte en el performance de Pantojas podrían condesar una inflexión –de signo aún difuso- que apunta indistintamente a una mayor banalización o a la intensificación de la pulsión de muerte en el país, algo sobre lo que ha llamado la atención en tiempos recientes el psicoanalista Alfredo Carrasquillo.
De su foto en el velatorio, reparo en las gafas Dolce & Gabanna, elemento conspicuo de su atuendo, organizado desde las marcas, el alfabeto de la moda contemporánea. Veo en las gafas una especie de filtro, de lente, mediante el cual Pantojas, pero no sólo él sino muchos de nosotros, calibramos nuestra identidad y nuestros desempeños. Que conste, en el tema del consumo no enarbolo banderas moralistas. Pero hay algo sintomático en el reckless abandon, en la rienda suelta al goce de la posesión, cuando en medio de una de las crisis más severas del mercado nos abalanzamos a comprar en las condiciones más onerosas para nuestra moneda corriente: el crédito.
Con su sistema de objetos convertido en memorial, Pantojas se despide de los suyos y de su vida al filo de la moda y de la muerte. Otros esperarán la factura mensual del plástico para vivir una muerte chiquita, eso sí frente a una pantalla plasmática gigantesca para poder ver una versión upgraded de las Dolce & Gabanna en Paris Hilton o el reaguetonero del patio. Para Walter Benjamin, quien pensara a la modernidad en sus claroscuros, la moda siempre provoca a la muerte. “Toda moda acopla al cuerpo vivo lo inorgánico. Respecto a lo vivo, la moda hace valer los derechos del cadáver. El fetichismo que subyace al sex-appeal de lo inorgánico, es su nervio vital.”
El muerto parao se ha convertido en un suceso comunicativo sorprendente en otro aspecto. A juzgar por uno de los índices de visibilidad clave en nuestros días – la construcción de una nueva red social en el ubicuo Facebook- el stunt necrofílico de Pantojas sugiere un impacto representacional, un hit, en la doble acepción de éxito y toque informático. Las redes sociales virtuales aumentan con la integración diaria de millones de perfiles de vida, de millones de relatos y de microoperaciones de reconocimiento. Constituyen una recomposición importante de las esferas de lo público, lo privado y lo íntimo. Sin embargo, a pesar de la mutación de formatos y lenguajes, se anclan en viejas prácticas: en las redes sociales virtuales se vigila, se reconstruyen y adornan pasados, se mitigan soledades y esperas. Lo que arrejunta en la red social del muerto parao no es sólo morbo. Cuán momentánea es la red poco importa en tiempos en que la fugacidad constituye el orden de los sentidos. Lo que tiene de índice sí me parece capital.
Y entonces está la campaña electoral. Clueless. Completamente superada por los eventos, incapaz de ver más allá de sus gafas electoreras. Carente de imaginación pero rebosante de trivia, produce angustia y vergüenza ajena, pero también un profundo aburrimiento. Creo que el llamado de portada de la pasada edición de Diálogo: De espectadores a electores, es una convocatoria en la más responsable tradición del periodismo. Creo igualmente que su resolución, no en términos de quién sale o no en la contienda, nos revelará de manera prominente en lugar de un tránsito, una compactación de espectáculo con elección.
Por lo pronto he aprendido más de Pedro Pantojas en performance que en los programas de gobierno, declaraciones de políticos, anuncios y debates de esta temporada de puja por el poder.