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Las barreras de la otredad

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

30 de Marzo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa de Diálogo Enero-Febrero 2009


Por Ana Teresa Toro
De Diálogo Digital


“Justicia extrema a menudo es injusticia extrema”.
Terence 159 A.C.

Un hombre llega a la playa, luego de un largo viaje en yola. Carga a su hermano que se está quedando ciego en brazos. Llegan a una carretera. Un carro los recoge. Deberán pagar quinientos dólares por su libertad. Los consiguen. Salen. Entran a un restaurante. De repente, un par de oficiales de inmigración llegan hasta su mesa. Los detienen. Serán deportados.

Esta historia verídica, no se vivió precisamente en alguno de los cincuenta estados de Estados Unidos de América (EUA), sino en alguna de las fronteras que tiene Puerto Rico: las playas. Aunque bien es cierto que este tipo de relatos y otros con finales mucho más violentos forman parte de la historia diaria de los procesos migratorios no sólo en la Isla o en EUA sino, alrededor del mundo, la realidad es que no todos los días son noticia en el País.

Hablar de inmigración hoy día, en tiempos donde las naciones sellan sus fronteras con muros, donde hay un movimiento constatable de neo nazis en Europa, donde ante la crisis financiera global se buscan culpables hasta debajo de las piedras y, evidentemente, los inmigrantes son responsabilizados, donde la xenofobia llega a niveles institucionales, de política pública y exterior, es sin lugar a dudas, un tema de pertinencia innegable. Sobre todo ante los cambios que estos procesos representan en términos culturales, económicos, políticos, sociales, de relaciones entre países y de intercambios entre éstos a todos los niveles.

Temor al extraño

A esta ecuación debe añadírsele los sucesos históricos (como el ataque terrorista a las Torres Gemelas) que han tenido repercusión directa en los verdaderos protagonistas de este debate: los migrantes, aquellos que tan pronto salen de territorio conocido dejan de ser parte de la normalidad para convertirse en “el Otro”, con todo lo que esta palabra en mayúsculas implica.

El concepto de otredad se utiliza en las ciencias sociales principalmente para definir el modo en que un grupo o individuo homogéneo se posiciona con respecto a uno distinto al suyo. Existe el otro de la religión, de la raza, del idioma, de la generación y por su puesto el más notable de todos: el otro extranjero; ése que es distinto en aspectos tan notables como el modo de vestir hasta aspectos tan íntimos como la práctica de una fe. La psicología ha indagado ampliamente en el tema de las relaciones sociales y cómo éstas se construyen a partir del concepto de otredad. Así pues, ha sido discutido el tema de cómo el Otro provoca curiosidad a partir de su diferencia, extrañamiento o incluso, puede llegar a generar recelo o hasta temor.

“Para hablar de otredad en lo primero que hay que pensar es en el concepto de xenofobia que, literalmente, quiere decir miedo al extraño, y que en cierto sentido se puede decir que es una tendencia universal que se encuentra en todas las épocas y todas las culturas. La vemos incluso en la Biblia, en el Antiguo Testamento, desde la época de los griegos, esa idea de clasificar a los demás como bárbaros frente a la cultura propia”, explica el doctor Jorge Duany, profesor de la Universidad de Puerto Rico y una de las máximas autoridades en el tema de inmigración en el País.

Duany observa además que es posible que en los últimos tiempos se haya recrudecido ese miedo al Otro sobre todo en países que no estaban acostumbrados a la diversidad cultural y a la coexistencia de diferentes grupos étnicos dentro de su población. Tal es el caso de algunos países en Europa occidental que, verdaderamente, habían sido homogéneos hasta hace muy poco. “Entonces empiezan a llegar grandes números de personas que lucen distintas, que hablan otras lenguas o se visten con otra ropa, que tienen prácticas religiosas distintas que son algunas de las características por las que se define al Otro. Entonces, eso perturba el concepto de identidad nacional y hasta los partidos políticos que se reorganizan en torno a líneas étnicas, raciales o religiosas”, añade el profesor quien opina que quizás es posible trazar el inicio de toda esa confrontación a escala mundial a partir del momento en que Europa se expande por el mundo y conquista otros territorios.

El profesor de Sociología y Antropología del Recinto de Río Piedras indicó que en Estado Unidos, por ejemplo, el fenómeno de la inmigración ha tenido varios ciclos donde ha habido diversas percepciones sobre el Otro. Desde la fundación de esa nación ha habido momentos en los que se han reclutado inmigrantes, sobre todo en épocas de bonanza económica, como ocurrió al principio del siglo XX. Ese momento puede considerarse como el momento pico de la inmigración extranjera. Ese patrón se fue repitiendo posteriormente. El inmigrante se tolera mientras rinde su labor, pero una vez concluye su función es visto como un problema al que hay que controlar y eliminar. El segundo instante importante ocurrió en los últimos años en los que han habido momentos en los que se le han abierto las puertas, especialmente, a inmigrantes europeos al mismo tiempo que se les han cerrado a otros como los asiáticos, africanos y latinoamericanos. Duany señaló que actualmente se está pasando por un momento de rechazo y de hostilidad hacia los extranjeros. Explicó que estas actitudes están vinculadas, entre otras cosas, a la recesión, al tema del terrorismo, a la crisis económica y a la percepción pública de que la migración indocumentada ejemplifica la idea de que las fronteras están fuera de control.

De hecho, en algunas de las discusiones públicas en torno a la tan mentada reforma migratoria, el Congreso estadounidense establecía una conexión casi automática entre indocumentados, terroristas, traficantes de drogas, de armas y otro tipo de indeseables. De modo que se podría decir que es un contexto histórico en el que la migración extranjera se percibe como un problema, en vez de cómo una solución a la crisis económica y como una competencia, a veces, desleal entre el nativo y el extranjero.

El lenguaje

Este complejo concepto de la otredad está ligado de manera muy cercana al modo en que se habla del inmigrante; de ese Otro que llega desde una realidad distinta y en la cual era parte de la norma a una nueva en la que se convierte en un elemento de comparación y de diferencia. Llaman la atención los modos de referirse a la persona que entra en un territorio determinado ya sea de visita o para establecerse. En los Estados Unidos el inmigrante es el allien o incluso el illegal allien, mientras que en Europa muchas veces se hace referencia al latinoamericano, de modo despectivo, como el “sudaca” o se demarca una línea entre lo que es el extranjero y el inmigrante. El primero es interesante, deseable y bienvenido; mientras que el segundo es visto como un invasor y no goza de la reputación del extranjero aún siéndolo. El extranjero por lo general, es rico, blanco y de procedencia de algún país económicamente estable, de cultura eurocéntrica y curiosamente ubicado en el Norte.

También importa la finalidad, un estudiante será extranjero, una persona de la misma edad pero que venga por otros motivos como la búsqueda de empleo, será un inmigrante. El que viene de paso es bienvenido, el que viene a quedarse, cuestionado. El inmigrante, usualmente será de un país africano o latinoamericano, pobre, colonizado en el pasado y con condiciones de vida actuales precarias. Algo así como decir que en EUA el canadiense es extranjero y el mexicano inmigrante, del mismo modo que en Francia un argelino es inmigrante y un holandés, extranjero. Cosas del lenguaje que predisponen las relaciones. Lo mismo sucede en el espectro social, donde este tipo de uso de la palabra tiene repercusiones directas.

“Una persona no es ilegal y en inglés [el concepto allien] incluso es mucho más despectivo porque se habla de un extranjero ilegal y sinónimo de extraterrestre. No hay ciudadanos ilegales, no hay personas que no tengan derechos legales y humanos, es casi como no tener derecho a ser persona”, señala Duany quien es conocedor de la batalla semántica que existe sobre todo en el área de los estudios sobre migración.Los expertos prefieren utilizar el término indocumentado o no autorizado en inglés que el de ilegal porque realmente el único delito que cometen es cruzar la frontera sin los documentos legales pertinentes.

Ahora bien, el lenguaje va ligado al trato que reciben los extranjeros como ciudadanos indocumentados. Hay una serie de derechos humanos inviolables, independientemente de cuál sea su condición legal en el país receptor. “Pero muchas veces los estados receptores tratan a estas personas como si no fueran seres humanos y los detienen por meses o años, los deportan, y los procesan en muchas ocasiones como si fueran bestias”, asevera Duany no sin dejar de mencionar los numerosos centros de detención para inmigrantes que proliferan en países europeos, que son más bien cárceles en las que las personas detenidas por falta de documentos son recluidos hasta que se solucione su estatus legal.

La profesora de literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York y ex directora de la Asociación de Lenguas Modernas (MLA por sus siglas en inglés) Marie Louise Pratt recuerda el relato de un compañero profesor peruano que fue detenido en Madrid por su aspecto suramericano y fue llevado junto a otras personas hasta uno de esos centros de detención por no tener sus documentos consigo. “La forma de estas personas comunicarse fue comenzar a hablar en quechua. Su cultura les permitió transgredir el poder”, narra sobre el suceso ocurrido en fechas previas a los comicios en España, en marzo de 2008.

“Las palabras tienen mucha fuerza. Llamar ilegal a una persona es criminalizarla, el que una persona se mueva de un país a otro buscando mejores condiciones de vida no lo convierte en una persona ilegal. Ninguna persona es ilegal. Puede que esté cruzando una frontera en condiciones irregulares, o no esté yendo por los canales que el estado desde el poder ha establecido pero no por eso esa persona es ilegal… El estado, consciente del poder que tienen las palabras utiliza el término para criminalizar y hasta cierto punto insensibilizar a la comunidad que pueda de una u otra forma identificarse con esa persona”, dice por su parte Hilda Guerrero portavoz del Comité Pro Niñez Dominico Haitiana, foro a través del cual funge como activista a favor de los derechos humanos en colaboración con el grupo internacional denominado El Grito de los Excluidos.

Guerrero apunta además al hecho de que el lenguaje tiene un peso muy fuerte en la sociedad receptora. “Es una forma de tener y generar miedo. Ilegal es una palabra muy fuerte, tiene mucha violencia. Si tú tienes un vecino y vienen las autoridades a decirte que vienen a buscar un ilegal, ese vecino va a tener una reacción negativa a esa persona”, asevera. Aclaró que este tipo de trato no aplica a todas las nacionalidades.

Cuenta Guerrero que conoce de casos de canadienses que están indocumentados en Puerto Rico y entran y salen libremente, sin nunca ser detenidos en el aeropuerto. Nadie les cuestiona nada. Sin embargo, no sucede lo mismo con otras nacionalidades, particularmente, la dominicana. Guerrero trabaja de la mano en el comité con personas como Wanda Colón Cortés y Jorge Montijo Colón, quienes han laborado durante años en la denuncia de todo tipo de injusticias cometidas en contra de todos aquellos considerados los “excluidos”.

“Esto –El Grito de los Excluidos- es un movimiento anti imperialista, anti colonialista, anti deuda. Y obviamente intenta ser un movimiento solidario. Queremos estar pendientes de denunciar y hacer propuestas contra la exclusión. Hay muchísimas formas de exclusión. Hay que despertar la conciencia de que hay un discurso mundial que es racista y xenófobo en contra de diferentes grupos. Son cosas que son verdaderamente irracionales y no contribuyen a la convivencia”, expresa por su parte Montijo Colón quien desde su perspectiva de activista y psicólogo analiza el fenómeno.

Tanto Guerrero como Montijo se unen desde la Isla a la propuesta global de este colectivo de solidaridad originado en Brasil y gestor de los Foros Sociales mundiales realizados en los pasados años. La respuesta a la exclusión, sobre todo en el caso de los migrantes por parte de esta organización es la conceptualización de una ciudadanía universal.

“Cualquiera puede decir que es algo que suena muy utópico, pero lo mismo pasaba con la ciudadanía europea hace cuarenta años y ahí está. Y sucede que tenemos un mundo que está definido, básicamente, por corporaciones que sólo van tras la ganancia ante todo y no tras el bien común. Ese modelo ya está demostrando sus fisuras, entonces por qué no se puede pensar en alzar modelos más solidarios que nos permitan movernos en esa dirección, en que las fronteras no sean tan difíciles como lo son ahora”, elabora Montijo Colón.

¿Quién es nuestro Otro?

A juicio de los activistas entrevistados nuestro Otro actualmente es la comunidad dominicana en Puerto Rico; modelo que en la República Dominicana se reproduce a sí mismo con los haitianos.

“En ese caso se puede hablar de ciertas cadenas y redes de conexiones económicas internacionales que explicarían por qué por ejemplo los haitianos se mudan a la República Dominicana, los dominicanos a Puerto Rico y los puertorriqueños a Estados Unidos. Una imagen que una socióloga americana acuñó como la migración escalonada en el sistema capitalista mundial. Se mudan de un país muy pobre a uno menos pobre y eso explica también como dentro de una región hay migraciones internas como entre Guatemala y México, Bolivia y Argentina, Nicaragua y Costa Rica”, detalla Duany.

Aunque por otro lado el profesor añade un factor importante al debate: el origen geográfico de los migrantes. Da la impresión de que mientras más los migrantes provengan de países geográficamente ubicados al sur más fuerte es el contraste y más violentos los intercambios, puesto que los países europeos y Estados Unidos, ambos ubicados al norte, son quienes reciben los flujos migratorios más fuertes. Además, mientras más distintos sean los extranjeros a los nativos, más sencillo será culparles por cualquier tipo de problema socioeconómico. Incluso, no hace falta que sean tan distintos a los residentes del país en cuestión, basta con que carguen con una percepción de diferencia para abrir la puerta a la discriminación.

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