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¿Por dónde empezar?

Foto: Suministrada
Aumetar Disminuir

30 de Marzo de 2009

Originalmente publicado en la edición impresa de Diálogo Enero-Febrero 2009


Por Silvia Álvarez Curbelo
Presidenta Junta Editorial Diálogo

No, no se trata de reseñar el documental homónimo de Peri Coss, periodista y profesor de la Escuela de Comunicación, sobre Iniciativa Comunitaria, el proyecto de rescate de usuarios de drogas dirigido por el doctor José Vargas Vidot, aunque invito a todos a que lo vean. Lo que el reportaje fílmico me ofrece, sin embargo, es un pie forzado para confesar mucha impotencia pero también, contra todo pronóstico, cierto sentido de promesa con el arribo del 2009.

Si bien la cábala de los dígitos que componen el año (2+0+0+9= 11) presagia suerte, las jornadas iniciales del nuevo año han estado marcadas por el desconcierto, la frustración y mucho déficit de horizontes. En el frente global, el bombardeo indiscriminado y letal sobre poblaciones civiles en Gaza remite a un colapso de las mediaciones y el diálogo. Peor aún, a una “fatiga” de la compasión que hace que las imágenes de niños abiertos cual res en canal se sucedan sin que se movilice el mundo más allá de los sospechosos habituales. Unas inoperantes Naciones Unidas atadas aún por el régimen de vetos de la Guerra Fría ven cómo sus propios refugios son irrespetados. Los reclamos humanitarios de cooperantes y agencias de socorro caen en oídos sordos mientras, en Estados Unidos, el tiempo muerto entre presidentes se convierte en la coartada perfecta para la inacción. Independientemente de las responsabilidades compartidas entre los actores de esta tragedia, los más de 900 muertos y 4,000 heridos (al cierre de esta edición) en suelo palestino son inadmisibles. ¿Por dónde empezar a reconstruir las viviendas, los cuerpos y las esperanzas truncadas?

No son estadísticas de sangre, pero los números económicos que se aceleran en la recesión en Estados Unidos son también un colapso de los rumbos públicos y privados convertidos en ideologías del sin límite. Si alguien todavía duda de que el neoliberalismo se tornó en fe, y de ahí su persistencia, sólo tiene que seguir algunas de las crónicas de avaricia (el famoso Greed is Good del personaje de la película Wall Street de Oliver Stone) que se destacan a diario. Los millonarios suicidas o esposados, tras descubrirse sus esquemas piramidales, son algunas de las metáforas mediáticas de la resaca que sacude a la economía más poderosa y, por extensión, a mucho del planeta después de las borracheras financieras e informáticas. Otras crónicas de ruina, sin el beneficio de paraísos off-shore, se ubican en las filas de desempleados y en los sueños quebrados por la pérdida de hogares y los ahorros para el retiro.
Ahora comprendo la cara grave de Obama cuando recorrió la pasarela junto a su familia allá en Chicago la noche de su victoria electoral. Muchos hablaron de lo cool, calm and collected de su talante. Se me hace que, más que ese control uncanny que no deja de asombrar en el Presidente entrante, la parquedad de emociones, se debía a ese fardo muy pesado que ya no podía recaer en otros hombros que los suyos. ¿Por dónde empezar a reconstruir los puentes y carreteras del espíritu, del trabajo y la inteligencia que reacomoden a Estados Unidos bajo rubros de mayor equidad?

Aquí, a diferencia de Estados Unidos, el mensaje oficial, elucubrado por un monolítico Comité Asesor, se patologiza recetando “medicinas amargas”. La metáfora de la enfermedad es un viejo caballo de batalla en Puerto Rico. En esta nueva crónica de un mundo enfermo, al paciente no le toca otro destino que apurar purgantes y tragar culpas. Ciertamente, la nueva administración del País se topa con una coyuntura difícil de insuficiencia en las finanzas gubernamentales que complica el estancamiento económico. No obstante, las primeras recetas no equilibran el dolor de cabeza inmediato con las deficiencias de mayor duración y consecuencia. Incluso, para muchos profesionales y para la sabiduría cotidiana, la medicina amarga podría terminar por matar al paciente.

Para que las crisis sean también momentos de iluminación y oportunidad y no únicamente ocasión de castigo y retribución, debemos todos –desde el gobierno hasta el más inerme de los ciudadanos- encontrar razones válidas y equitativas para el sacrificio, y, sobre todo, atisbar los contornos emergentes de un horizonte pensado y posible. Las metas contables que identifican el nirvana en el cuadre de caja son, sin lugar a dudas, necesarias, pero en ellas no se cifra la recuperación más duradera.

Admito que son mis obsesiones, pero hay tres índices sociales encampanados en Puerto Rico a los que les sigo el paso con estrujamiento de alma: la basura, el ruido y la muerte de hombre jóvenes. El aumento de la porquería por doquier, los decibeles enloquecidos a toda hora, justificados porque ésta es mi casa, mi negocio o mi carro, o los 20 disparos a un pecho juvenil, me asustan más que la deuda pública. Los tres apuntan, a mi modo de ver, a una fragilidad creciente del pacto social más elemental en una comunidad que considera al otro como uno mismo. Pero también a la ausencia trágica de futuro.

En el documental de Coss, la pregunta “¿Por dónde empezar?” se contesta desde lo más sencillo que, como suele pasar, es lo más crucial: desde la compasión y la esperanza. Las dos no son abstracciones. Son el fundamento de toda acción personal y colectiva. En el Comité Asesor Amplio, el de todos los puertorriqueños, ellas deben ser las principales recomendaciones para superar este momento.

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