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El corazón de las tinieblas
A las once de la mañana de aquel martes 11 de septiembre de 1973, aviones de combate Hawker Hunter bombardeaban el palacio de La Moneda donde resistía el presidente Salvador Allende con un grupo de leales. Las imágenes del palacio en llamas han pasado a la historia como un dantesco final de la “vía chilena al socialismo.” Muchos alrededor del mundo se sintieron profundamente conmovidos por lo que acontecía en este distante país sudamericano. A cuarenta años de distancia se puede afirmar que este lamentable episodio está cargado de simbolismo, pues muestra la destrucción de una larga democracia latinoamericana. Pero, además, desnuda de manera cruda y descarnada los límites de furia y violencia que puede alcanzar la lucha política y social en países caracterizados por la exclusión y la desigualdad.
El bombardeo de La Moneda abrió una ventana al infierno en pleno centro de la capital chilena, estruendo, muerte y fuego. Se trata de uno de aquellos momentos históricos radicales, hay un antes y un después. Se trata de un instante del tiempo en que toda retórica política, toda argumentación o razonamiento desaparece. Es el grado cero de la política. Abolido todo rasgo de civilización con su carga valórica, se impone aquello que Joseph Conrad llamó “El corazón de las tinieblas”, miedo y odio visceral. Una vez abierta esa ventana, es posible sentir los gritos desesperados de los que sufren tortura, el llanto de las viudas y los gemidos de madres que buscan a sus hijos. La ventana al infierno inaugura un grisáceo camino de cenizas y cadáveres, una noche en la que todavía transitamos, aunque pocas veces somos conscientes de esto.
Las llamas de La Moneda incineraron toda ingenuidad, ya nada volverá a ser lo mismo para los chilenos. La sociedad entera, víctimas y victimarios, han de descender varios escalones hacia la barbarie. El conscripto se convertirá en asesino o torturador, más de un militante en un delator y la niña bonita en una prostituta al servicio del tirano. Ese político de entonces sabe que fue cómplice y ese viejo general guarda silencio perseguido por sus fantasmas. Las palabras resultan inútiles para rasgar las tinieblas, no hay silogismos para dar cuenta de la locura y el mal, simplemente se habita ese aire espeso al que, finalmente, casi todo el mundo se acostumbra.
Los pueblos que atraviesan la noche pierden su capacidad para soñar. Son los sueños y no las cosas los que iluminan los días de los humanos. En medio de esta noche sin luna, nos seduce la ilusión de las cosas, vanos espejismos. Solo los sueños nos regalan un horizonte que nos impele a vivir juntos nuestro tiempo y a construir nuestra historia. Así ha sido desde tiempos inmemoriales, soñar juntos un destino para la tribu. Un día de éstos va a despuntar la luz del amanecer en la cordillera, la hora de volver a soñar, dejando atrás las tinieblas espesas que han humedecido nuestra piel después de tanta noche.
Silencio y vergüenza
Hay veces en que el cronista calla, enmudece de vergüenza, para dejar que la voz polifónica de los que han sufrido tanto hable por sí misma como en un “collage del horror”. Relato de su reclusión en el recinto de la DINA Villa Grimaldi, Región Metropolitana: El día 19 de noviembre de 1975, a las 2:00 a.m. aproximadamente, ingresan a nuestro domicilio, rompiendo la puerta, unos 12 a 15 civiles armados con metralletas preguntando por [se omite el nombre]. Inmediatamente proceden a amarrar a mis hijos con un alambre en las muñecas y los obligan a permanecer de boca en el piso en el pasaje. A mí me golpean con los puños al intentar averiguar lo que estaba sucediendo. Revisan toda la casa, causando enormes destrozos en muebles, colchones, etc. A mí también me atan las manos con alambre; todos vendados, somos subidos a diferentes vehículos particulares. Yo quedé en el mismo vehículo con mi hijo.
Según relato posterior de mis vecinos, había gran cantidad de vehículos estacionados en un gran operativo. Fuimos trasladados a lo que resultó ser Villa Grimaldi. Allí permanecí alrededor de tres horas, en un lugar que parecía ser una especie de patio habilitado como galpón. Se escuchaban voces y gritos, como que hubiera un gran número de personas. Me interrogaban siempre y me golpeaban fuertemente con los puños y manos, especialmente en la cara; a veces caía al suelo y me costaba incorporarme, ya que aún estaba amarrado. Mujer, detenida en noviembre de 1983. Relato de su reclusión en el Cuartel de la CNI de Concepción, VIII Región: Me subieron a uno de los vehículos, me vendaron la vista, y empezaron inmediatamente a interrogarme y a golpearme en el estómago.
Hombre, detenido en mayo de 1988. Relato de su reclusión en el Cuartel General de Investigaciones (General Mackenna), Región Metropolitana: [...] allanaron la casa, golpearon a mi familia, destrozaron la casa buscando armamento, me golpearon delante de mi familia, me pusieron una capucha en la cabeza, me subieron a un auto sin levantar la cabeza. Llegamos al cuartel, donde me pusieron en una pieza chica, donde me amarraron de pies y manos, luego comenzó la tortura con golpes en los testículos, corriente en la boca, oídos, golpes en las piernas, luego, como no conseguían nada, me golpearon con manoplas, luego entró un compañero y lo torturaron delante mío para hablar.
Mujer, detenida en noviembre de 1973. Relato de su reclusión en el Regimiento Tucapel, IX Región: Al llegar a estas dependencias me hicieron desnudar, acostarme en un escaño, me dio la impresión que era de esos que se ven en las plazas, donde me ataron un brazo y una pierna hacia arriba y la otra hacia abajo, después me pusieron un bloque de cemento en el vientre y me aplicaron electricidad vaginal, en los pezones y oídos, llenándome la boca con caca de animal, seguramente para que no se oyeran mis gritos y quejidos. Esto lo hicieron durante muchas horas, después me dejaron tirada, desnuda, yo andaba con la regla y así y todo también fui violada en tres oportunidades, no sé si sería una persona o diferentes. Esto es algo que recién ahora estoy contando… Mujer, detenida en septiembre de 1974.
Relato de su reclusión en la casa de la DINA de José Domingo Cañas N° 1315, Región Metropolitana: En José Domingo Cañas fui golpeada en diversas partes del cuerpo. Nuevamente fui manoseada y obligada a presenciar la tortura de mi esposo. Fui desnudada y amarrada a un catre metálico en el que fui golpeada. Estaba embarazada, con 6 meses de gestación. Hombre, detenido en junio de 1975. Relato de su reclusión en el recinto de la DINA de la ex iglesia Divina Providencia, Antofagasta, II Región: Esa noche me llevaron a presenciar cómo interrogaban a otro compañero. Lo tenían tendido y amarrado a un somier de alambre y lo instaban a reconocerme, al no hacerlo éste, le aplicaban descargas eléctricas. Cansados de su negativa, optaron por otra táctica que consistió en ponerme a mí en su lugar y al compañero de pie al lado del somier conectándonos a ambos con cables eléctricos. Fui devuelto a la celda, antes de lo cual me mojaron.
Memoria
Mnemosine, divinización de la memoria y madre de las musas, ha reservado al poeta el doloroso privilegio de la memoria. Le corresponde al poeta actualizar ese otrora en un ahora, conectar el presente con aquel presente diferido y así atravesar el puente que separa a los vivos de los muertos. Como lo han sabido todos los grandes alquimistas de la pluma, la escritura tiene una dimensión hierática, pues constituye, al mismo tiempo, el instrumento y la ascesis de la memoria.
Los signos de la escritura están concebidos para relatar cuentos a los niños y recrear infinitamente las historias que sostienen al mundo. Pero hay veces en que la memoria abre otras puertas y las musas nos traen inmensos dolores que como cicatrices están grabados en la piel. Corresponde a poetas y cronistas hacerse cargo de esos tristes desasosiegos, patrimonio de una comunidad y una época en una lucha incansable contra el olvido. Las palabras como burbujas de tiempo cristalizan las experiencias compartidas, allí las risas y las lágrimas. Escribir aquellas tristezas es inscribirlas para siempre en la gran biblioteca universal.
Mnemosine le otorga sus dones al poeta para que éste convierta la más abyecta miseria humana en la más alta dignidad literaria. De este modo, lo más siniestro puede adquirir su perenne dimensión moral y sobrevivir a la vergüenza. La memoria no es solo evocación de lo que ha sido sino viva presencia de lo que somos. Recoger las voces dolientes de otro tiempo es traer a las nuevas generaciones un inefable reclamo de dignidad y justicia. Un reclamo que atraviesa la historia de este pueblo y de todos los pueblos de la tierra.
El autor es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.
Preguntarse por el fin de una dictadura militar como la chilena bien pudiera parecer una obviedad. Es como preguntar por el fin del Tercer Reich o la Guerra Fría, pues, todos los signos indican que, en efecto, la historia ha señalado un ocaso. Pero debemos ser cautos e insistir en la pregunta, más todavía en la experiencia chilena, pues pareciera que lo que dábamos por finiquitado persiste obstinado de mil maneras en la vida social y política de nuestro país. Instalada la interrogante, surge la inquietante sospecha de que no se trata de enmarcar en un paréntesis un determinado régimen de terror (1973 – 1989), pues los paréntesis suelen ser porosos, cuando no, ilusorios. Si nuestra sospecha es correcta, habría iniciar una reflexión con la hipótesis de que el golpe de estado de Augusto Pinochet se fraguó mucho antes de lo que indican las fechas oficiales y todavía no termina.
Felonía, cobardía y traición
El presidente Salvador Allende se dirige por última vez al país a las 9:10 a. m. del once de septiembre de 1973, lo hace a través de “Radio Magallanes” que sería bombardeada minutos más tarde. Como arrancadas de una tragedia griega, sus palabras pasarán a la historia tal y como las concibió Allende, es decir, como una “lección moral”: “Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. . . ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!...”.
La figura de Salvador Allende, y con ella todo el conglomerado de la Unidad Popular, era la expresión de una cierta “modernidad política” que se había inaugurado tempranamente con la irrupción de los primeros partidos obreros (1922) y la primera transmisión radial ese mismo año. Hay una relación evidente entre el desarrollo de la radio y el ascenso de las luchas populares, pues, en cuanto medio masivo de comunicación, capaz de quebrar el monopolio de la palabra impresa, incorpora, por primera vez en la historia humana, a los analfabetos. La radio restituye la oralidad allí donde la aristocrática lecto escritura señalaba una frontera social y cultural.
Por ello, no parece, en absoluto, casual que las últimas palabras de Allende hayan sido proferidas, precisamente, a través de las ondas radiales. Con su último discurso se cerraba todo un capítulo de la cultura y la política en nuestro país. Salvador Allende se dirige en sus últimos discursos a los trabajadores, a las mujeres y a los jóvenes, sabiendo que su voz se instalaba, ya para siempre, en el imaginario histórico social de un pueblo entero. En este sentido, se trata de un discurso profundamente lúcido, en tanto entiende que no se trata de un sacrificio en vano, sino de un acto histórico y político que anuda un tiempo futuro con ese trágico presente que será para las nuevas generaciones un presente diferido. Se advierte aquí una sutileza, al afirmar que le anima una fe en Chile y su “destino”, literalmente confina la acción de la junta militar a los estrechos límites de su presente.
Las últimas palabras de Allende acusan explícitamente a la junta militar de los sublevados. Las palabras son definitivas y absolutas: felonía, cobardía y traición. Esta denuncia del presidente Allende es, en efecto, el castigo moral que como la marca de Caín llevaran consigo estos uniformados durante el resto de su existencia. Finalmente, la acusación de Salvador Allende recae sobre un sector de la sociedad chilena que renuncia a la democracia en defensa de sus privilegios: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.
Augusto Pinochet: ¡Las Cámaras quedarán en receso hasta nueva orden!
El general Augusto Pinochet es el rostro de una junta militar que llega con el estigma de haber asaltado el poder. Las primeras declaraciones del dictador se transmiten por televisión en blanco y negro, indicando que una nueva etapa comenzaba. Entre las primeras medidas de la junta militar se consigna el receso obligado de toda actividad política en el país, incluidas ambas Cámaras del poder legislativo.
El golpe militar en Chile, como está muy bien documentado, fue financiado y preparado desde Washington como parte de su estrategia mundial de Guerra Fría que ese mismo año incluía el retiro de Saigón. De hecho, durante los sucesos del mismo once de septiembre, varios navíos estadounidenses estaban en las inmediaciones de Valparaíso, como parte de la operación UNITAS. Recordemos que fue en este puerto donde comenzó el alzamiento militar.
La figura de Augusto Pinochet es aquella del antagonista, aquella del general que traiciona la confianza que había depositado el presidente Allende en su comandante en jefe, un archivillano arrancado de una antología de terror. Si la estatura de su “traición” ya lo instala en el fango de lo deleznable, las atrocidades que siguieron a su ascenso al poder, decenas de miles que fueron víctimas de asesinatos y torturas, solo ratifica su perfil: uno de los grandes criminales de la historia.
En algún momento, sus seguidores de extrema derecha quisieron compararlo con el héroe de la independencia Bernardo O’Higgins. Se llegó al ridículo de que fuese el mismo dictador quien se auto proclamó “Director General”, usurpando para sí el título del libertador de Chile. Lo grotesco del argumento es que lejos de la austeridad y patriotismo de O’Higgins, Augusto Pinochet se enriqueció en el poder y al momento de su muerte le sobrevivieron suculentas cuentas bancarias en el extranjero.
Augusto Pinochet pasa a la historia como otro dictador latinoamericano que arrastró a las fuerzas armadas a traicionar a un gobierno constitucional para servir los intereses de una potencia extranjera, alejándolas de todo patriotismo para convertirlas en verdugos de su propio pueblo. La derecha ha convertido a los uniformados, hasta el presente, en garante de sus privilegios e instrumento represivo de sus compatriotas. Todavía resuenan los ecos de hace cuarenta años, la voz de Allende dirigida a su pueblo: “Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará”.
Pinochet y la derecha hoy
La muerte del dictador fue una muerte impune para vergüenza de nuestras instituciones y del gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle y su canciller José Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA. La muerte del nonagenario dictador fue el punto de partida para un “pinochetismo sin Pinochet” Todos los cómplices, civiles y uniformados, activos y en retiro, se han atrincherado en partidos de derecha, disfrazados de demócratas y los más descarados en organizaciones fantasmas que lucran con el pretexto de salvaguardar “lo obra” del extinto general.
Lo cierto es que “la obra” del dictador sigue en pie y se llama Carta Constitucional, de ella deriva todo el andamiaje político institucional que legitima el orden económico neoliberal en el llamado “modelo chileno” Hasta la fecha, los partidos de derechas han actuado en defensa de los intereses empresariales, impidiendo reformas sustantivas a un modelo que hace posible una distorsión de la voluntad popular en cada elección, la entrega de las riquezas básicas del país a capitales extranjeros y el enriquecimiento de una minoría en desmedro de sueldos miserables para los más.
La herencia de la dictadura se respira con fuerza en La Moneda y se llama autoritarismo. Su expresión es la represión a los movimientos estudiantiles o a las luchas del pueblo mapuche, entre otros. A cuarenta años de aquel fatídico once de septiembre, el pueblo chileno no ha recuperado una democracia digna de tal nombre. A cuarenta años del golpe de estado, muchos de los criminales de entonces siguen impunes, llegando a la desvergüenza de rendirle homenajes a Augusto Pinochet como burla a las víctimas sobrevivientes, todo esto con la anuencia de un gobierno que posa de demócrata liberal.
El “pinochetismo sin Pinochet” es el rostro hipócrita de los candidatos de la derecha que medran de las dádivas empresariales para reciclar un modelo tan arcaico como injusto. La derecha aspira a seguir jugando con su baraja marcada, para ello propone nuevos rostros cuyas sonrisas no logran disimular la mueca de codicia y desdén hacia un pueblo que anhela nuevos rumbos. Tal como lo advirtiera Allende hace cuarenta años “…en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente…”, y persiste como una peste entre nosotros, como una simulación de democracia y como una amenaza muy real.
Este es el cuarto de una serie de cinco partes. El autor es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.
Preguntarse por el fin de una dictadura militar como la chilena bien pudiera parecer una obviedad. Es como preguntar por el fin del Tercer Reich o la Guerra Fría, pues, todos los signos indican que, en efecto, la historia ha señalado un ocaso. Pero debemos ser cautos e insistir en la pregunta, más todavía en la experiencia chilena, pues pareciera que lo que dábamos por finiquitado persiste obstinado de mil maneras en la vida social y política de nuestro país. Instalada la interrogante, surge la inquietante sospecha de que no se trata de enmarcar en un paréntesis un determinado régimen de terror (1973 – 1989), pues los paréntesis suelen ser porosos, cuando no, ilusorios. Si nuestra sospecha es correcta, habría iniciar una reflexión con la hipótesis de que el golpe de estado de Augusto Pinochet se fraguó mucho antes de lo que indican las fechas oficiales y todavía no termina.
El lugar sin límites
El mismo 18 de septiembre de 1973, el cardenal Raúl Silva Henríquez levanta su voz en el Te deum de aquel año para clamar por la paz entre los chilenos. Este sacerdote salesiano, “el cardenal del pueblo” volcó toda su pasión para reclamar por los caídos, los pobres y los que sufren. Inspirado en la mejor tradición del Concilio Vaticano segundo, creó el Comité Pro Paz muy tempranamente en octubre de 1973 y más tarde la Vicaría de la Solidaridad. Este gran chileno fue una luz en medio de una noche oscura que junto a Helmut Frenz, un pastor luterano expulsado por la dictadura en 1975, representan lo mejor de la tradición cristiana entre nosotros.
La gente más sencilla y humilde encontró en estos grandes pastores un apoyo solidario frente a un estado terrorista cuya policía secreta secuestraba, violaba y torturaba a chilenas y chilenos. En nombre de imperativos éticos cristianos, estos pastores tuvieron el coraje de hacer frente a la tiranía en los momentos en que se atropellaban los derechos más elementales de la dignidad humana. Con Dios y contra el general, estas figuras religiosas llevaron consuelo a cientos de familias que lloraban a miles de detenidos, torturados, desaparecidos y ejecutados políticos.
En muchas poblaciones de las grandes ciudades crecía un movimiento cristiano en el seno de la cultura popular. Los llamados curas obreros compartieron la suerte de los desposeídos y atropellados por el régimen. Los nombres de Pierre Dubois y André Jarlan quedarán inscritos en nuestra memoria como sacerdotes consecuentes con el mensaje de los evangelios, símbolos de la población La Victoria. En el Chile de Pinochet, el rostro doliente del crucificado estuvo en las esquinas de nuestras ciudades y en las mazmorras de la dictadura. El Vía Crucis de un pueblo entero quedó salpicado de sangre de varios sacerdotes asesinados por la DINA, la organización criminal creada por el dictador, entre ellos Joan Alsina, Miguel Woodward, Antonio Llidó, Gerardo Poblete.
En el Chile actual, donde el olvido y la frivolidad parecen prevalecer, es necesario volver nuestra mirada a aquellos tiempos de dolor. Recordar los rostros y las palabras de quienes hablaron de paz en medio de tanta penuria. No se trata de una mórbida delectación en la tragedia y la muerte sino, muy por el contrario, de un aprendizaje moral para todos los chilenos de hoy. Es nuestra memoria de aquellos días lo que nos constituye como nación, una parte de lo que somos. Hacer presente ese otrora en el aquí y ahora es también un sutil ejercicio de sanación y redención.
Los años oscuros
Los sectores populares, en aquellos aciagos días de terror y muerte, tuvieron que aprender a lidiar con la represión, el secuestro y el asesinato. En las paredes de la “ciudad ocupada” se leían graffitis donde el Director General, verdadero innombrable, era reconocido como “Pin-8”, una manera de decir sin decirlo: Pinochet. Se multiplicaban los chistes sobre la dictadura, una suerte de terapia social para sobrevivir en medio de una realidad oprobiosa, pues nadie sabía si aquella noche llegarían los carros de carabineros a allanar la población en busca de panfletos o sospechosos de pertenecer a alguna organización popular. Todos eran llevados a la medianoche a los sitios baldíos mientras sus escasos enseres eran destrozados, sus vidas ultrajadas.
Todas las ciudades del país debieron vivir durante años bajo un implacable “toque de queda”, cuyo inicio y término diario se indicaba con tiros al aire. Hacia comienzos de la década de los ochenta comenzaron las protestas populares, con una elevada cesantía y sueldos miserables. Era la estrategia del “Schock” ideada por los tecnócratas neoliberales que imponían su ideología a todo Chile por la fuerza de las armas. Durante una de aquellas noches de protesta, más de cuarenta cadáveres amanecían dispersos en diversos rincones de la capital, mientras el ministro del interior, Sergio Onofre Jarpa hablaba de la institucionalidad del país.
Nombres como el “Estadio Nacional” o el “Estadio Chile” donde asesinaron a Víctor Jara quedarán grabados en el alma de nuestro país como lugares de tortura y crimen. Ni odio ni rencor, dolor. Esos y tantos lugares son nuestro equivalente de Auschwitz y Dachau, lugares en que nuestra humanidad ha descendido varios escalones hacia la barbarie. Los muertos de Chile esperan su redención, su paz, en medio de una sociedad más justa y más humana, donde sea la justicia la que presida nuestra vida social. Como cantó Pablo Neruda: “Aunque los pasos toquen mil veces este sitio / No borrarán la sangre de los que aquí cayeron/ Y no se extinguirá la hora en que caíste/ Aunque miles de voces crucen este silencio”.
Desde aquel 11 de septiembre, la soldadesca golpista asedió a las poblaciones más pobres del país, cumpliendo así el mandato de los poderosos que anhelaban un pueblo dócil, obediente, esclavo. Como un capítulo más de nuestra “Historia nacional de la infamia”, mientras todavía no se apagaban las cenizas del bombardeo a la Moneda, aquella noche el Canal 13 transmitía la celebración de la derecha, puesta en escena para todo el país, fiesta animada por Los Huasos Quincheros que cantaban “El patito chiquito” con burlas soeces a los derrotados. Lo que sobrevive en el recuerdo es, precisamente, aquello que ha causado más dolor. Para contar una verdad no se requiere militancia alguna sino un corazón bien puesto y una pizca de decencia, nada más. Es cierto, han pasado cuarenta años, pero el sufrimiento de tantos está allí, en el corazón de muchos que no encuentran sosiego en los malls que hoy se multiplican por las ciudades de Chile.
Una herida que no ha cesado de sangrar, una herida que impide la paz de tantos sobrevivientes y de tantos muertos. Esta es la otra historia de Chile, aquella que apenas comienza a ser contada. No la historia oficial, ni siquiera los informes de organismos especializados sino aquella que arranca las lágrimas de quienes tienen la valentía y el privilegio de recordar. Una historia que, hasta aquí, ningún candidato a algún puesto ha tenido la valentía siquiera de balbucir. Las nuevas generaciones merecen conocer toda la verdad por vergonzante y lamentable que sea, porque es parte de nuestra historia. Ni odio ni rencor, dolor.
Cuarenta años después: El lugar sin límites
Entre las mucha metáfora de nuestro país, está aquella imaginada por José Donoso en su novela El lugar son límites (1967). Un sórdido espacio prostibulario presidido por el travestismo. A cuarenta años de distancia, nuestro país parece, en efecto, sumergido en un clima político, moral y cultural lamentable. Digámoslo claro, distamos mucho de ser una sociedad mínimamente justa, mínimamente digna, mínimamente democrática. Estamos cada día más lejos de cualquier “reino”, lo “fino y espiritual” está proscrito por una retahíla de medios de comunicación que adormecen nuestros sentidos y domestican la amnesia generalizada. Habitamos el lugar sin límites de la mediocridad, la corrupción, la codicia, la impunidad y la estupidez. La mercantilización de la vida - bajo la forma de una sociedad de consumidores de segunda o tercera categoría - ha sumido a Chile en un materialismo ramplón que justifica la existencia de millones con baratijas, ilusiones y mentiras.
El moralismo fariseo de algunos medios cuela el mosquito y deja pasar enormes camellos. Grandes empresas lucran con la salud de los chilenos, con la educación de los chilenos y con las pensiones de vejez de los chilenos, en el límite de lo legal y de lo moral. Preocupados por el penúltimo escándalo de algún futbolista no vemos la complicidad de farmacias que estafan a millones con los precios de medicamentos, tampoco vemos la impunidad de civiles y militares que siguen ocupando cargos como si en este país no hubiese pasado nada.
La herencia del dictador es una sociedad hecha a la medida de los sinvergüenzas que han hecho grandes fortunas gracias a una legalidad neoliberal espuria que legitima el abuso. Es la derecha de hoy, travestida en “centro derecha”, nombre de fantasía que no alcanza a disimular el burdel en que habita. Son los mismos rostros, los mismos nombres los que aparecen en la banca, en las empresas, en el gobierno, en los principales partidos políticos y los grandes escándalos financieros. Hasta el presente, nuestra sociedad muestra los costurones de un mundo oligárquico y neoliberal, donde los empresarios, como antaño, llegan al parlamento y, a veces, a la presidencia. Chile: El lugar sin límites.
Este es el segundo de una serie de cinco partes. El autor es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.
Preguntarse por el fin de una dictadura militar como la chilena bien pudiera parecer una obviedad. Es como preguntar por el fin del Tercer Reich o la Guerra Fría, pues, todos los signos indican que, en efecto, la historia ha señalado un ocaso. Pero debemos ser cautos e insistir en la pregunta, más todavía en la experiencia chilena, pues pareciera que lo que dábamos por finiquitado persiste obstinado de mil maneras en la vida social y política de nuestro país. Instalada la interrogante, surge la inquietante sospecha de que no se trata de enmarcar en un paréntesis un determinado régimen de terror (1973 – 1989), pues los paréntesis suelen ser porosos, cuando no, ilusorios. Si nuestra sospecha es correcta, habría iniciar una reflexión con la hipótesis de que el golpe de estado de Augusto Pinochet se fraguó mucho antes de lo que indican las fechas oficiales y todavía no termina.
Backyard: El patio trasero
Si hemos de darle crédito al Informe Church, un documento elaborado por el Senado estadounidense en 1975, lo cierto es que la Casa Blanca a través de su servicio de inteligencia CIA financió la desestabilización del gobierno de Salvador Allende desde que éste fuera elegido en las urnas, antes de que asumiera la presidencia del país en 1970. De hecho, en una tradición inaugurada en Italia en 1948, la CIA intervino en las elecciones chilenas de 1964 y 1970. El gobierno de entonces, encabezado por Richard Nixon y su secretario Henry Kissinger, fueron los artífices que vieron culminada su obra en septiembre de 1973 como parte de una estrategia mundial inscrita en la Guerra Fría.
No es necesario forzar la historia para demostrar con nítidos antecedentes que la conspiración anti allendista fue obra de una potencia extranjera y que ésta comenzó, por lo menos, tres años antes de los fatídicos acontecimientos como una sistemática acción encubierta. Todo lo acontecido durante los llamados mil días del gobierno popular: boicot diplomático y económico, atentados terroristas, huelgas de gremios profesionales y empresariales, presión al interior de las fuerzas armadas, y una orquestada campaña de prensa encabezada por El Mercurio, respondió en gran medida a los dólares invertidos en Chile, tanto por agencias gubernamentales estadounidenses como por corporaciones multinacionales.
Desde la perspectiva de Washington, el gobierno de Salvador Allende significaba un riesgo serio y la amenaza de una “segunda Cuba” en América Latina y con ello una expansión del poder comunista soviético. Recordemos que aquel mismo año, el gobierno de Nixon se retiraba de Vietnam como fruto de una negociación en París. Recordemos, además, que la intervención norteamericana en Latinoamérica no era nada nuevo en su agenda política regional; después de la Segunda Guerra Mundial cayeron los gobiernos de Arbenz en Guatemala, Goulart en Brasil y la República Dominicana fue invadida igual que Granada y Panamá años más tarde. Hasta el presente, todas las administraciones en la Casa Blanca han mantenido el bloqueo a Cuba y una hostilidad explícita a cualquier régimen de corte democrático popular, como es el caso de Venezuela, Ecuador o Nicaragua.
La dictadura de Augusto Pinochet deja el poder ejecutivo en el marco de su propia institucionalidad. Este hecho marcará la llamada transición pacífica a la democracia, con el aplauso no disimulado de Elliot Abrams. Con escasas medidas cosméticas, los gobiernos de la Concertación debían gobernar con las reglas heredadas de la dictadura y con el compromiso de no tocar a ninguno de los cómplices del general durante su gobierno. La Concertación de Partidos por la Democracia gobernaría durante cuatro gobiernos sucesivos sin alterar, en lo fundamental, el modelo económico ni el modelo político diseñado por el dictador.
El resultado de casi dos décadas de “gobiernos democráticos” en que se alternaron la Democracia Cristiana y el Partido Socialista generó en el país más expectativas que resultados. La gestión concertacionista logró naturalizar un orden constitucional, revistiéndolo de una pátina republicana que no hacía sino consolidar lo que algunos han llamado una “democracia de baja intensidad” Como todo proceso, éste no estuvo exento de graves debilidades entre sus propios protagonistas y, en el límite, de una degradación de la cuestión pública en que se mezclaron negocios y política. En pocas palabras, una “constitución de facto”, ilegal y corrupta en su origen, terminó de corromper a una clase política que olvidó los grandes valores que decía defender para comenzar a defender los valores bursátiles y a las grandes empresas.
Los últimos gobiernos concertacionistas, insistiendo en un “pastiche republicano”, no lograron mantener la unidad en sus propias filas ni impedir que los escándalos se sucedieran. El proceso hizo crisis en las últimas elecciones presidenciales, dándole una mayoría circunstancial al actual mandatario, representante del empresariado y la derecha extrema. En el presente, la movilización social pone de manifiesto un cierto “malestar ciudadano” con el actual estado de cosas. Se ha planteado la necesidad de una “Asamblea Constituyente”, cuestión que divide a las distintas corrientes progresistas y democráticas ante la posibilidad de un eventual gobierno liderado por Michelle Bachelet.
La Concertación constituyó un instrumento político de la década de los ochenta respaldado por el gobierno de los Estados Unidos. Durante dos décadas, este conglomerado de partidos articulo una política de consensos cuyo resultado está a la vista: Un gobierno de derechas. No es fácil, por tanto, proyectar un “revival” concertacionista en los años venideros, pues la realidad social y política es muy diferente a aquella de los años ochenta y noventa. Pareciera que todo se juega en un programa que se haga cargo de reformas serias y profundas en el sistema económico y político. No es posible conjugar, al mismo tiempo, la herencia de Pinochet en lo económico y lo político con el creciente malestar de la población.
Los acelerados cambios culturales verificados en esta primera década del siglo XXI instalan a las nuevas generaciones en coordenadas que exceden incluso los límites históricos nacionales, de tal suerte que surgen reclamos democráticos que no admiten los límites estrechos de una sociedad altamente autoritaria, clasista y excluyente. Los movimientos estudiantiles han mostrado ya los síntomas de estas nuevas tendencias políticas y culturales que instalan nuevos horizontes de sentido en nuestra sociedad, ante los cuales ni el actual orden institucional ni la clase política que quiere gestionarlo está a la altura.
Pinochetismo sin Pinochet
La dictadura del general Augusto Pinochet se planteó como un régimen fundacional, esto es, como un punto de inflexión en la historia del país. Para llevar a cabo este propósito legó a las generaciones posteriores una carta constitucional diseñada, expresamente, para preservar un modelo económico y político que asegurara el dominio ganado por la fuerza de las armas para los sectores de derecha. Si bien la historia ya ha barrido de escena las cenizas del dictador, no ha ocurrido lo mismo con el diseño institucional sancionado por la junta militar en los años ochenta del pasado siglo.
El Chile de hoy no es sino la prolongación pseudo democrática del poder heredado por los políticos y empresarios de extrema derecha desde aquella pagana noche en Chacarillas. Fue allí, una fría noche de julio de 1977 cuando un grupo de fanáticos, devotos del Opus Dei, nacionalistas o pretendidos liberales, sellaron el pacto entre el terror militar y la elite política y empresarial que nos gobierna en nuestros días. Mientras muchos hogares en modestas poblaciones eran allanados cada noche, mientras muchos chilenos eran torturados, exiliados o asesinados, los poderosos celebraban sus nupcias con el sátrapa.
Hasta nuestros días permanece intocado un sistema electoral que impide la expresión genuina de un pueblo, mediante artificios legales que dejan fuera a los partidos pequeños. Hasta el presente, la impunidad de civiles y militares es la atmósfera naturalizada de nuestro quehacer político. Contra la opinión de sentido común, es necesario señalar que la dictadura en Chile no ha terminado: No ha terminado para los pueblos originarios que solo reciben una feroz represión de parte de las autoridades por reclamar sus derechos ancestrales. Tampoco ha terminado la dictadura para las miles de familias endeudadas por un sistema que lucra con la educación de los jóvenes de nuestro país ni para millones de trabajadores que deben sobrevivir con salarios miserables gracias al modelo neoliberal imperante. La dictadura existe en cientos de leyes y decretos que ordenan un país fundamentalmente autoritario al que se han plegado no pocos miembros de una clase política oportunista.
En esta llamada democracia, el pinochetismo impune está vivo aunque su líder haya muerto, jactándose de sus crímenes, haciendo apología de la violencia y del terrorismo de estado. Una avenida todavía celebra el once de septiembre y buques de la Armada Nacional enarbolan el nombre de uno de los golpistas. En esta llamada democracia, los cómplices de graves delitos de lesa humanidad siguen fungiendo como legisladores o funcionarios de gobierno. El pinochetismo sin Pinochet persiste como una peste en la sociedad chilena, impidiendo a las nuevas generaciones avanzar hacia formas más profundas de democracia. La actual constitución garantiza prebendas a la clase política, impunidad a civiles y uniformados y, desde luego, millonarias ganancias a las corporaciones chilenas y extranjeras.
Mediante un manejo cuasi monopólico de los medios de comunicación se ha incubado entre nosotros un imaginario mal sano que convierte las justas demandas de los movimientos sociales en una amenaza. Los noticieros de televisión y la prensa de gran tiraje han incubado una cultura del miedo y del consumo suntuario. La herencia pinochetista se traduce, entonces, en una amnesia dirigida que nos impide recordar que nuestra sociedad está erigida sobre una pila de cadáveres y que los culpables andan sueltos.
A cuarenta años del golpe de estado de 1973 los tribunales se han mostrado reacios, acaso incapaces de hacer justicia. Los pocos procesados y sentenciados por temas relativos a derechos humanos cumplen sus condenas en cárceles de lujo. El mismo Augusto Pinochet murió impune gracias a los buenos oficios del gobierno chileno, rodeado de sus seres queridos y con las bendiciones de rigor. A cuarenta años del golpe de estado, muchos chilenos todavía viven el luto y la angustia de no saber dónde están sus seres queridos. El golpe de estado no ha terminado en Chile, la reconstrucción democrática de nuestra sociedad no ha tenido lugar. Más allá de la demagogia, lo único cierto es el olvido, olvido de las víctimas de aquel trágico episodio. Olvido de los pobres de cada día. Olvido de nuestra propia dignidad como país.
Este es el primero de una serie de cinco partes. El autor es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.
La cinta narra la historia de cómo se gestó la campaña televisiva del No en el plebiscito de Chile de 1988, y la importancia que tuvo para la caída del régimen de Augusto Pinochet y la instauración de la democracia en el país.
El personaje principal, interpretado por Gael García Bernal, está inspirado en la figura de Enrique García, director creativo de aquella campaña. Con el mítico slogan de “Chile, la alegría ya viene”, García contribuyó junto a todo su equipo a rescatar del miedo a una sociedad atormentada por la brutalidad de la dictadura y a convencerla de que el cambio era posible.
El publicista está estos días por Holanda promocionando la película en el Festival Internacional de Rotterdam, y atendió a Radio Nederland para explicar cómo logró convencer a la oposición aglutinada en torno al No de que era mejor apelar a la “alegría” y no a torturados y desaparecidos durante la dictadura.
¿Cuál fue su primera reacción al ver la película?
"Para mí fue una emoción muy grande. De esto hace ya 25 años y de pronto ver esta historia contada por otras personas, con su propio lenguaje, con su propia intención, realmente despierta un sentimiento fuerte. Me emocionó ver la película por primera vez".
El director, Pablo Larraín, insiste en que la película está basada en hechos reales pero que también hay una parte importante de ficción. ¿Hasta qué punto el film refleja la realidad de cómo fue el proceso creativo de la campaña?
"Es una ficción, no repite los hechos tal cual. Sin embargo, los principales hitos del proceso creativo, del proceso de producción de la campaña, están en la película y están bien expresados. No se puede describir una historia tan compleja como esa, en la que trabajamos cientos de personas en distintas áreas, reduciéndola a uno o dos personajes que son los que llevan el peso de la historia. Pero a mi juicio es una gran interpretación de lo que allí ocurrió".
Y en su caso particular, ¿se ha visto reconocido en el personaje de Gael García Bernal, que está inspirado en usted fundamentalmente?
"En parte sí, hay una forma de enfocar el trabajo parecida a la que yo viví. Y también ciertos hechos de la historia que me tocó vivir que aparecen narrados. Me parece que está muy bien representado, a pesar de que yo en mis palabras diría las cosas de otra manera o daría otros argumentos. Pero bueno, eso es parte de la libertad del director, de hacer lo que él crea fundamental".
La campaña fue decisiva para acabar con el régimen de Pinochet, ¿estamos en una sociedad en la que la imagen es más importante que las ideas o los hechos?
"Me parece que sí fue decisiva. Especialmente, porque el gran problema que teníamos nosotros cuando empezamos esto es que la gente en Chile tenía miedo. Había un gran sentimiento de miedo en la gente que era partidaria de la dictadura de Pinochet, que temía la vuelta a un pasado oscuro y peligroso, o la venganza de los que habían sido torturados y perseguidos. Y también en los opositores, que temían que podía volver a caer la represión sobre ellos como había sido en los primeros años del régimen. Necesariamente teníamos que lidiar con esa complejidad. Y la campaña lo que hizo fue hablarle a la gente con las palabras adecuadas en ese momento, para que se atreviera a votar y a expresar su malestar con el régimen".
¿Y cómo convenció a la oposición política de que era mejor un mensaje de alegría en lugar de denunciar los crímenes de la dictadura?
"Ahí tuvimos fortuna porque hubo gente que apoyó nuestra propuesta, así como otros encontraron que era frívola o liviana. Pienso que no era frívola ni liviana y, al ver la campaña en toda su complejidad, uno se da cuenta de que era una campaña muy dura. Lo que pasa es que muestra la brutalidad del régimen pero sin enseñar la herida, sino los sentimientos que provocó".
"En la película, por ejemplo, hay una parte donde salen unas mujeres que bailan solas, que era un acto que realizaban las mujeres de detenidos o desaparecidos, que era real y nosotros lo filmamos. Y esa forma de expresar la brutalidad del régimen era a nuestro juicio mucho más decisiva y mucho más potente que mostrar la cantidad de muertos o la cantidad de desaparecidos. Eso tiene una gran fuerza emocional y fue lo que finalmente convenció a la gente de que sí, de que la gente debía tomar la palabra. Que tenía que votar y votar no a Pinochet".
Han pasado 25 años. Desde la perspectiva que da el tiempo, ¿ha llegado la “alegría” a Chile?
"En ese momento llegó plenamente. Logramos sacar con los votos a un dictador que había entrado por la fuerza de los cañones y de las balas, y a base de represiones brutales. Ahora, las sociedades son complejas y tienen sus propios conflictos dramáticos a medida que avanzan. Y no creo que Chile sea hoy un país alegre, a pesar de que está mejor que otros. Tiene unos nuevos conflictos que ha de resolver ahora y que son distintos a los anteriores. Es evidente que nuestro país crece económicamente pero hay una gran desigualdad, y ese es un conflicto que hay que resolver".
Hablábamos de la importancia de la imagen, ¿cree que la realidad de Chile y de América Latina se corresponde con la imagen que se tiene en Europa?
"Pienso que cuando uno está lejos de los países tiende a hacer reducciones de sus imágenes. Nosotros también tenemos una reducción de Europa. Somos pocos los que conocemos la complejidad de una nación y menos de un continente. El continente latinoamericano es enorme y tiene enormes diferencias entre un país y otro, incluso siendo vecinos. Tenemos diferencias culturales, económicas, étnicas, etcétera. Para poder vivir en un mundo tan complejo, con tanta información, necesariamente tenemos que hacer reducciones. Y las reducciones siempre son injustas y dejan fuera aspectos muy valiosos de todas las sociedades".
Sesionó en Santiago la primera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos (Celac) y la Unión Europea (UE) con el lema “Alianza para el desarrollo sostenible: Fomentando las inversiones de calidad social y medioambiental”. Se trata del séptimo cónclave de naciones de América y el Caribe (ALC) con la UE desde la primera Cumbre UE-ALC de Río de Janeiro en 1999, pero el primero en el que los 33 países latinoamericanos participan en bloque y con un interlocutor común, la Celac, creada en diciembre de 2011 en Caracas.
El presidente de Chile, Sebastián Piñera, subrayó la importancia de que los países de ALC asistan a la reunión el 26 y 27 de enero de 2013 como una sola voz, a diferencia de diálogos anteriores: “La UE se reúne con los 33 países como Celac, esperamos empezar una nueva era, una nueva etapa en las relaciones de Europa con ALC que esté menos basada en la ayuda o el asistencialismo, y más en la cooperación estratégica para el desarrollo, en tener mercados más abiertos, más integrados…”.
Piñera destacó que la región “aprendió de sus errores, y la mejor prueba de ello es que, cuando había crisis a nivel mundial era la que más sufría, la que más se estancaba, y en medio de la actual crisis mundial logró enfrentarla de manera diferente”.
El 21 de enero en Bruselas la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Seguridad Catherine Ashton significó que las relaciones del bloque comunitario con ALC “nunca habían sido tan fuertes como ahora”, y dijo estar convencida de que ambos bloques unirán sus fuerzas ante desafíos globales en su primera cumbre birregional.
Presidió la cumbre el presidente Piñera, que ejercía la presidencia de la Celac, y la UE estuvo representada por el presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy, el presidente de la Comisión Europea (CE) José Manuel Barroso y el comisario de Comercio de la UE Karel de Gucht.
“En Santiago confirmaremos el carácter estratégico de nuestra relación basada en valores comunes. Analizaremos los principales retos a los que se enfrenta la comunidad internacional y estudiaremos la manera de reforzar nuestra cooperación para trabajar juntos por un mundo más justo, más seguro y más próspero”, dijo Van Rompuy. “Nuestra prolongada asociación con los países de ALC se basa en el convencimiento de que ambas partes comparten intereses comunes en el interdependiente mundo de hoy día y extraen múltiples ventajas de su colaboración”, manifestó Barroso.
Ashton esperaba que la cumbre de Santiago “constituya una oportunidad para subrayar que no solo compartimos valores como la democracia y los derechos humanos, sino que también asumimos responsabilidades globales”. Al respecto, recordó la colaboración de la UE para dar respuesta a desafíos como la seguridad y el cambio climático en ALC.
El comercio en el centro del debate
La primera cumbre Celac-UE buscaba concretar una alianza estratégica integral que trascienda el plano meramente económico y comercial y abarque asuntos de cooperación, procesos de integración y derechos humanos. Sin embargo, la retórica social parece haber sido solo el edulcorante de un encuentro que, como en citas anteriores, priorizó los negocios comerciales y las prerrogativas de las inversiones privadas.
Barroso adelantó que la cumbre se ocuparía de las inversiones y el desarrollo sostenible, un aspecto primordial de la relación birregional. “La UE no es solo el principal inversor extranjero en los países de América Latina y el Caribe, sino también un socio comprometido en la promoción del desarrollo sostenible. Nuestra responsabilidad social y medioambiental debe convertirse en una prioridad común para el futuro de ambas regiones”, afirmó el presidente de la CE.
La UE invirtió durante la última década 30 mil millones de dólares anuales en América Latina y el Caribe, lo que representa cerca del 40 por ciento del total de sus inversiones en el extranjero. Es así que la cumbre de Santiago tuvo una agenda de debate sobre papel de las inversiones “asociadas a la responsabilidad social empresarial y al emprendimiento como motor de desarrollo”, predefinida por delgados de más de 40 países en Puerto Varas, Chile, el 30 de noviembre de 2012.
En dicha reunión preparatoria se acordó que los países de ambos bloques trabajarían para avanzar en materia de responsabilidad social empresarial y establecer una relación adecuada con las comunidades, y también pondrán énfasis en dar mayores garantías a la inversión y al desarrollo de nuevos emprendimientos.
Es muy importante que las naciones del subcontinente generen las condiciones necesarias para atraer más inversión de calidad que contribuya al desarrollo sustentable de sus economías, “esto significa que por un lado exista desarrollo económico y por otro una mayor equidad y bienestar social y protección al medio ambiente. No podemos olvidar que el desarrollo económico está al servicio de la gente y no la gente al servicio del desarrollo económico”, explicó el ministro de Economía de Chile Pablo Longueira.
En una reunión preparatoria de la cumbre el 25 de enero, los Ministros de Asuntos Exteriores delinearon la agenda de comercio y la inversión, la seguridad jurídica, el desarrollo sostenible y la responsabilidad social de las empresas, con el lema “Trabajando por el crecimiento y la estabilidad”.
El vicepresidente de la Comisión de Industria y Emprendimiento de la CE Antonio Tajani viajó a Santiago en compañía de 51 representantes de 40 empresas y asociaciones industriales de 10 Estados europeos, iniciativa que forma parte de una serie de “Misiones en pro del crecimiento” para ayudar a las empresas europeas, en particular a las pequeñas y medianas empresas (pymes), a aprovechar mejor los mercados internacionales emergentes.
Durante las conversaciones en Santiago, los delegados de la UE destacaron la importancia de un entorno abierto, transparente, no discriminatorio, estable y favorable para las empresas, y reiteraron que la seguridad jurídica es esencial para los inversores. También subrayaron la importancia de promover la apertura del comercio y de abstenerse de aplicar medidas proteccionistas, con el fin de garantizar la continuidad del crecimiento y el desarrollo.
La UE puso de manifiesto su voluntad de colaborar con los socios de los países ALC en el ámbito de la responsabilidad social de las empresas, asunto que forma parte de la estrategia de inversión de la UE. En ese marco, Van Rompuy, Barroso y el comisario De Gucht se reunieron con directivos de empresas, líderes políticos e instituciones relacionadas con el mundo empresarial de ambas regiones.
El tema central del debate del IV Encuentro Empresarial de la Celac-UE fue “Inversiones para el crecimiento económico, la integración social y la sostenibilidad del medio ambiente”. En la oportunidad, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y la Asociación de Cámaras de Comercio e Industria Europeas (EuroChambres) presentaron un estudio sobre el rol de las pymes, jugadores estratégicos en el desarrollo inclusivo de los países en ambas regiones, sobre todo en las áreas de energías renovables, tecnologías limpias y biotecnología.
El informe presentado revela que las pymes en la UE y Latinoamérica representan en común cerca del 99 por ciento del total de firmas y emplean al 67 por ciento de los trabajadores, a pesar de su menor productividad y contribución al producto interno bruto en comparación con las empresas de mayor tamaño.
La declaración del encuentro del IV Encuentro Empresarial de la Celac-UE reconoció al sector privado como contribuyente del desarrollo eficaz y crecimiento inclusivo en tiempos de crisis, y valoró el importante papel de las pymes en el impulso de las relaciones bilaterales. Además, acordó crear un entorno de inversión transparente y estable con respeto al Estado y un trato justo e igualitario a los inversionistas; planteó reactivar las negociaciones de la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio, y propuso impulsar el acuerdo de asociación entre la UE y el Mercado Común del Sur (Mercosur).
Por su parte, el comisario De Gucht aprovechó la cita para negociar con sus homólogos de la región asuntos de la agenda comercial, concediendo una prioridad especial a la aplicación provisional de los acuerdos de libre comercio con Colombia y Perú, así como el Acuerdo de Asociación con Centroamérica. Se esperaba que esos acuerdos se firmen formalmente en la cumbre UE-Celac.
Toma una cabeza hecha con papel y cartón y la presenta: “Ésta es Lucila, la protagonista”. El pegamento, que va uniendo las capas de papel de periódico hasta dar con la forma perfecta, ya se ha secado. Ahora sólo le queda pintarla con colores y retocar las zonas rugosas con una lija. Toma una de las muchas cabezas que descansan sobre la mesa del taller, esperando a secarse, y se la coloca en la mano derecha. La mueve un poco y comprueba que el mecanismo de la boca funciona correctamente. El títere está listo para la función.
“Lucila, la protagonista”, continúa explicando Bárbara mientras retoca el resto de cabezas que tiene sobre la mesa, “es una niña a la que le gusta mucho leer a Gabriela Mistral”. La vida de la poetisa chilena Lucila Godoy Alcayaga, más conocida por su pseudónimo
Gabriela Mistral, es el centro de una de las funciones que Bárbara y su pareja, Papo, llevan a zonas rurales del interior del país, donde la cultura y la educación son de difícil acceso. “La niña se llama igual que Gabriela, por eso le gusta tanto leer sus libros”, cuenta mientras limpia y arregla los títeres de la obra.
Bárbara Salinas, geóloga de formación y titiritera de profesión, decidió con 24 años dejar su puesto de oficina para dedicarse a llevar títeres y educación a aquellos que no tienen tantas posibilidades de acceder al mundo de la cultura por vivir en zonas aisladas del país. Y desde entonces, mueve a sus muñecos en el escenario para llevar mensajes importantes a los más pequeños. Por ejemplo, ‘Caperucita basurita’, una de sus obras, convierte al tradicional cuento de la caperuza roja en una fábula para que los niños aprendan a respetar el medioambiente. “Están tan acostumbrados a la televisión”, asegura, “que cuando los títeres les hablan, se quedan con la boca abierta. Les encantan”.
Y volviendo a la cabeza de cartón que tiene entre las manos, retoma la historia de la próxima función: “Mientras lee, Lucila habla sobre la vida de Gabriela Mistral; la oficial, la otra todavía no la hacemos pública”, aclara. “Y los personajes van apareciendo detrás de ella, como en un sueño”. Deja la cabeza de Lucila en la mesa y presenta al resto de los personajes: “Ésta es Gabriela de joven; y ésta, de mayor. Éste es su supuesto gran amor, según la historia oficial; según la no oficial su verdadero amor sería ella”, explica señalando hacia otra de las cabezas a medio hacer, “una secretaria que la acompañaba a todas partes”. Entre los títeres de la obra también están Pablo Neruda, alumno de la poetisa, y las autoridades suecas que le hicieron entrega del Premio Nobel de Literatura, convirtiéndola en la primera persona de América Latina en recibirlo.
Y así, de la mano de Bárbara y Papo, la historia de Gabriela Mistral, contada por títeres hechos con material reciclado, va llegando a las localidades más apartadas de la comuna de Monte Patria, en la región de Coquimbo. “Gabriela Mistral nació en un pueblo de esta región y fue profesora en un valle muy parecido a éste. Además, era una libre pensadora, y una luchadora, bien revolucionaria para su tiempo. Por eso elegimos hablar sobre su vida”, explica.

Barbara encontró su vocación en el arte de hacer títeres.
Con esta misma historia, la de la niña Lucila que devora libros de Gabriela Mistral y nos habla sobre la vida de la famosa escritora, Bárbara dio sus primeros pasos como titiritera. Y hoy, siete años después, en una localidad del interior de la región de Coquimbo, muy cerca de la cordillera de Los Andes, Bárbara prepara de nuevo la función, junto a su pareja y con títeres nuevos que ellos mismos han fabricado.
Una vez que los muñecos y el escenario están preparados, llega la hora de ensayar. Y para eso cuentan con un público incondicional: sus hijos, de 4 y 2 años. Cada uno asiste a la función como si fuera la primera vez. Aplauden, se ríen, y hablan con los títeres como los demás niños. No importa que ya se sepan los diálogos de memoria porque, en realidad, ninguna función es igual a otra. “Tienes que estar dispuesta a cambiar todo el diálogo, según la conversación que los niños mantengan con los títeres”, explica Bárbara.
Y ahora sí. Ya está todo listo para levantar el telón. Así que Bárbara y Papo se visten de negro, agarran una maleta llena de títeres y recorren el valle hasta llegar a las zonas más aisladas, donde es difícil encontrar funciones de teatro o libros de Gabriela Mistral.
Pero, “mientras tiene luz el mundo”, como rezan los versos de la poetisa chilena, Bárbara y Papo siguen a cuestas con su maleta, acercando la cultura a los lugares más recónditos del país. Precisamente para eso: para que tenga luz el mundo.
Fuente Periodismo Humano
Al ritmo de un cultrún que ella misma ha fabricado, va enseñando a niñas y niños de 12 años a bailar danzas ancestrales mapuches. El cultrún, un tambor símbolo de la cosmovisión de este pueblo originario, es el instrumento más importante de su cultura, y generalmente corresponde a la machi hacerlo sonar en las ceremonias religiosas. Las machis, casi siempre mujeres, son las consejeras y protectoras del pueblo. Ellas conocen bien el nehuén (o energía) de todos los seres de la naturaleza, y junto a su pueblo, llevan siglos luchando para que la explotación de las empresas nacionales y extranjeras no acabe con ellos.
Carmen Paz Leonicio, que hace sonar el cultrún mientras danza con sus alumnos, no es machi, ni mapuche -“aunque en realidad casi todos los chilenos llevamos algo de sangre mapuche”, aclara. No es mapuche de sangre directa, pero también se siente “hija de la Tierra. Mapuche, en mapudungun, –explica- “significa gente de la Tierra”.
Primero fue la expansión inca, luego la conquista española, y ahora el imperialismo del propio gobierno chileno. Los tres grupos, aunque en épocas diferentes, han buscado lo mismo: hacerse dueños del territorio en el que se asienta el pueblo mapuche, al sur de Chile. Y los tres se han encontrado con una respuesta similar: la firme resistencia de sus pobladores. “Los mapuches son un pueblo muy fuerte”, cuenta Carmen. “Resistieron en la época antigua y están resistiendo también ahora a la masacre del gobierno chileno, que es el que más violencia ha ejercido contra ellos. La única diferencia es que antes los mapuches no eran pobres; eran personas orgullosas, grandiosas. Hoy son gente empobrecida…” Y después de lanzar un suspiro al aire, añade: “Pero todavía pelean”.
En el norte de Chile, aunque no hay población mapuche (no al menos de sangre directa), también hay ‘gente de la tierra’ que se organiza para defender a la naturaleza del mercantilismo de la vida. Hacia el interior de la región de Coquimbo, en la comuna de Monte Patria, donde Carmen difunde la cultura mapuche a través de la danza, cinco ríos con poca agua se distribuyen por un terreno que hasta hace poco permanecía a salvo de la mano extranjera. Pero igual que en casi todo el país, las empresas mineras ya han comenzado a entrar en el lugar.
Mientras en el sur de Chile la población mapuche luchaba contra la intervención de empresas españolas como Endesa, dueña de la central hidroeléctrica que inundó 3,500 hectáreas ancestralmente habitadas por los mapuches y obligó a la relocalización de 500 de sus pobladores, algunas personas en la comuna de Monte Patria comienzan a prepararse para defender también su territorio, en este caso de la intervención minera.
“El otro día, un vecino denunció a una de las empresas porque había talado árboles nativos para abrir un camino, y eso está penado por ley”, cuenta Carmen. “Pero no pasó nada. La empresa pagó una multa y siguió adelante. Fin del problema”.
“Las mineras tienen el dinero y las leyes a su favor”, reconoce. “Pero el pueblo tiene el poder de la voluntad y de la resistencia”. En un territorio en el que el agua es cada vez más escasa y las personas tienen que pagar acciones a una Junta de Vigilancia para tener derecho a un número de litros cada 15 días, dependiendo del número de acciones que compren, los vecinos no se pueden permitir perder la poca agua limpia que les queda.
“Una vez me metí en una reunión donde la empresa minera estaba ofreciendo trabajo a la gente”, recuerda Carmen. “Yo estaba indignada. Levanté la mano y pregunté al señor si él podría asegurarme que después de que se instale la minera nuestro río seguiría fluyendo igual de limpio. Él me contestó que no, que nadie podía asegurarme eso. Todas las personas que estaban en la reunión se molestaron conmigo. Yo les dije que prefería agua limpia antes que un poco de plata en el bolsillo. Un señor me contestó que él prefería la plata”.
Desde una coordinadora llamada Valles en Movimiento, Carmen y un pequeño grupo de personas que también se sienten ‘gente de la Tierra’, trabajan para informar a sus vecinos sobre las consecuencias medioambientales que traerá la instalación de las mineras.
“El gran problema es la falta de información. Muchos ni siquiera saben que las mineras ya están empezando a hacer prospecciones, y que esas prospecciones también dañan el medioambiente”, dice.

Algunas personas se organizar para defender también su territorio, en este caso de la intervención minera.
La contaminación del agua por la actividad minera, que a través de su consumo, o indirectamente como agua de riego, puede afectar a la salud de las personas, es uno de los temas que la coordinadora trata en sus reuniones. “Cuando yo llegué a este lugar, hace doce años, era un lugar de naturaleza pura, limpia… Y pienso luchar para que siga siendo así”, insiste Carmen.
Pero el problema del agua en esta zona va mucho más allá. “Monte Patria sufre desde hace años una sequía muy grande”, explica. “Y lo que hacen las mineras es instalarse en el nacimiento de los ríos, porque necesitan mucha agua para su actividad. Así que si ahora el agua que nos llega es escasa, imagínate cómo será cuando se instalen”.
¿Y si se instalan? Carmen se encoje de hombros y asegura: “Lo único que sé es que nosotros no nos vamos a mover de aquí”.
Las empresas han entrado en silencio, y en silencio van asentándose. Su estrategia: ofrecer trabajos no cualificados a la población.
“La mayoría de las personas que viven aquí son personas que no han recibido educación y que viven de la agricultura o de la ganadería, que reciben sueldos muy bajos para mantener a familias muy grandes, ¿cómo vas a convencerles de que las mineras no les van a traer riqueza y desarrollo? Es muy difícil. Los mapuches son de las pocas personas en nuestro país que se dan cuenta de lo que el Gobierno está haciendo con nuestra Tierra”.
Una situación, aunque difícil, a la que Carmen y la agrupación Valles en Movimiento han decidido enfrentar: en solidaridad con sus vecinos, informándoles para que puedan elegir su destino con conocimiento; y como opción personal, viviendo en armonía con la naturaleza, consigan o no echar a las mineras del valle, tal y como su cultura ancestral les enseñó.
Porque, al fin y al cabo, todos son ‘gente de la Tierra’; gente que todavía guarda algo de la sangre que el pueblo mapuche les entregó.
Fuente Periodismo Humano
La Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) anunció una nueva movilización para la segunda semana de septiembre e instó a trabajadores y ciudadanía a sumarse a esa convocatoria.
“Para la semana del 10 de septiembre tendremos nuevamente una movilización nacional. Mantendremos el carácter transversal de esta convocatoria junto con profesores, estudiantes secundarios, trabajadores y la familia en su conjunto”, informó el portavoz de la Confech, Noam Titelman.
El también presidente de la Universidad Católica subrayó que los problemas de la educación “atañen a todos como sociedad”.
Consideró que por parte del gobierno chileno hay un “profundo abandono de todas las demandas relacionadas con el pedido de transformaciones estructurales en el sistema de enseñanza”.
“Estamos cansados de tocar puertas que no se abren, estamos cansados de hablarle a oídos sordos y ahora vamos a la ofensiva como movimiento social, todos juntos, estudiantes y profesores”, concordó el también portavoz de Confech, Gabriel Boric.
Los principales líderes estudiantiles, agrupados en la Confech, se reunieron el pasado fin de semana y definieron el calendario de movilizaciones del mes de septiembre, aunque aún no han precisado el día exacto de la próxima jornada de protesta.
El reclamo del establecimiento en Chile de un sistema de educación pública y gratuita garantizado por el Estado ha constituido la principal motivación de la lucha estudiantil en los dos últimos años.
Orientado de igual modo a ese objetivo, los jóvenes han levantado otras banderas de lucha como el actual rechazo a un proyecto de ley de reforma tributaria, anunciado como vía de financiamiento a la educación.
En opinión de Titelman, ese ajuste se contrapone a las demandas estudiantiles que buscan mayor equidad social.
“Es hora que realmente los que tienen más, paguen más, y lamentablemente este ajuste va completamente en la dirección contraria”, resaltó Titelman.
Fuente LibreRed
Dicen los antiguos que el método seguro para saber si llueve es mirar la tierra y ver si las hormigas salen del hormiguero. Como ese, la naturaleza dispone de distintos signos que presagian cambios bruscos a disposición de quienes se den el tiempo para observar.
Haciendo una analogía podríamos decir que en el Chile de los empresarios, uno de los elementos claves en la derrota del movimiento popular es su incapacidad de leer de forma acertada los profundos cambios, que de forma casi incesante, provoca el neoliberalismo tanto en la estructura económica, como en las relaciones sociales.
En estos últimos años, y en particular el año pasado, el movimiento popular, en especial el encabezado por los estudiantes, inundó con cientos de miles las calles de todo el país exigiendo acabar con la educación de mercado. El de los estudiantes fue un movimiento que prendió la mecha de un conjunto de demandas ancladas en la profunda sensación de injusticia del pueblo chileno.
No deja de ser un detalle alarmante para los poderosos que sean estos niños-jóvenes, que bien podrían ser considerados los hijos “formalmente reconocidos” del modelo económico, los que se rebelarán de forma frontal contra dicho modelo. La derecha y la concertación se vieron sobre pasados por el empuje de los cientos de miles de voces, que sumaban otros millones, los que sin participar en las manifestaciones apoyaron explícitamente la reivindicación de los estudiantes.
Y como era de esperar, en palacio se encendieron las luces de alarma. En un contexto internacional de crisis económica, el modelo chileno creado por los Chicago Boys en los 80’, impulsado por la dictadura a sangre y fuego, y perfeccionado hasta la exquisitez por los tecnócratas de la concertación, sigue sin demostrar fallas. En un modelo en que el éxito se mide por el crecimiento económico, Chile subió un 6,5% el 2011 y el FMI proyecta un 4,7% para el 2012. Todo acompañado de un desempleo que ronda el 7%. En las gerencias se sigue brindando con champaña.
Pero tanto ruido en la calles molesta. La sensación de que este ordenado país puede caminar hacia “la justicia de la calle” como dijo hace poco Hernan Somerville, importante dirigente gremial de la banca chilena, preocupa de sobremanera.
En este contexto, Rodrigo Hinzpeter, Ministro del Interior del presidente Piñera ha asumido con vocación religiosa la persecución de la rebeldía anti sistema en cualquiera de sus formas. El ministro, en una acto casi de posesión en su corto mandato ha; profundizado la militarización de la araucania haciendo de los niños/as mapuches “victimas colaterales”, encarcelado decenas de jóvenes anarquistas bajo acusaciones falsas de atentados con bombas, impedido las manifestaciones estudiantiles, amenazado a dirigentes sindicales con la aplicación de la Ley anti terrorista y, en general reprimiendo cualquier forma de expresión que salga fuera de sus márgenes.
La mano dura, prometida contra la delincuencia por el presidente-empresario Piñera, al final se ha expresado con toda su fuerza contra los dirigentes sociales. La guinda de la torta de este proceso es la llamada Ley Hinzpetter que penaliza hasta con 3 años de cárcel cualquier actividad de protesta.
No hace falta ser brillante para darse cuenta que la cosa esta negra. Y el primer y duro signo de esta nueva situación que tendrán que enfrentar los movimientos sociales es la condena a 4 años de cárcel remitida del concejal por Peñalolen y presidente del partido Igualdad, Lautaro Guanca.
Ya no se trata de amenazas, sino de una demostración clara de la intención de utilizar todo el aparato legal para contener la protesta social. En particular, centrando los golpes más duros en los dirigentes sociales que se atrevan a promover la lucha como único instrumento para el mejoramiento de las condiciones de vida.
La “Demodura” como le llaman algunos, llegó para instalarse en Chile. Las hormigas hace rato ya que dejaron el hormiguero, y la lluvia amenaza con transformarse en una tormenta que arrase con lo que se ha logrado construir hasta ahora.
Es de esperar desgraciadamente que los intentos de la Defensoría Popular, pese al éxito logrado por la liberación de los acusados en el “caso Bombas” luego de probar los montajes descarados del Ministerio del Interior, pronto quedarán cortos para enfrentar el aluvión de demandas contra dirigentes sociales.
A esto debemos sumar que aun son muchos, la mayoría, los dirigentes sociales que aún persisten en enfrentar cada uno de estos embates criminalizadores como si se tratase de casos particulares que deben ser procesados dentro de los márgenes de sus organizaciones.
La dispersión sigue siendo el elemento que caracteriza al movimiento social chileno.
Más preocupante aún son dos procesos que de manera paralela recorren el movimiento social.
Por un lado un sector social que ve en la dispersión no una debilidad sino una fortaleza. Influidos por las tesis de “disolución del poder” tan en boga desde Seattle hasta Madrid, las redes son vistas como una forma efectiva de enfrentar a un poder que va mucho más allá del Ministro de turno. La obcecada negación de ver que en la política existen momentos en los que es necesario concentrar las fuerzas hace poco efectiva sus reivindicaciones y además facilita las maniobras de aislamiento y despolitización con las que se actúa desde los poderosos.
Y por otro, el salto que muchos dirigentes sociales están dando para incorporarse formalmente a las filas del “gobierno de nuevo tipo”, una especie de “tierra de nadie” que conformaría la aún no anunciada candidatura de Bachelet para las presidenciales del 2013, y que integrarían desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana. Un amplio arco de alianzas que dejaría aislados, más aún, a los sectores sociales en lucha.
Un escenario complejo para lo que viene y que necesitará de toda la capacidad de lucha, la solidaridad y de claridades construidas hasta hoy, y sobretodo, de capacidad de resistencia y creatividad para enfrentar un escenario en el que aun esta lejos el día de ver derrotados a los que defienden hoy a este sistema.
Entretanto, los canales de televisión se seguirán llenando de imágenes de niños mapuches golpeados, de pobladores encerrados por exigir vivienda digna y de trabajadores presionados por la policía para que vuelvan a trabajar cerrando la boca.
Pero también es de esperar que el grito de: Arriba los que Luchan, seguirá, porfiadamente resonando en todas las calles de un país que cada día aguanta menos un modelo avalado por las encuestas pero rechazado mayoritariamente en las calles.
Fuente Libre Red