Dialogo Digital

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"Las tecnologías de la información y comunicación (TIC) han venido a delinear un nuevo contexto histórico fundamentado en la transgresión del espacio-tiempo, las redes virtuales, la desterritorialización del capital, la híper-textualidad, el protagonismo del dato y el flujo rizomático de la información, entre otros fenómenos. Desde un punto de vista analítico, resulta una tarea ardua trazar vectores teóricos y metodológicos que rindan cuenta de la variabilidad de este contexto, sus implicaciones ontológicas y epistemológicas y su efecto en el terreno social".

Trabajando desde una perspectiva teórica, analítica y crítica los procesos enmarcados en este nuevo paradigma social, cultural, económico y tecnológico, un grupo de estudiantes de maestría en Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, guiados por el profesor Rubén Ramírez Sánchez, esbozaron sus planteamientos y propuestas a modo de blog, titulado Tecnología, medios emergentes y sociedad de la información: consideraciones teóricas y metodológicas.
 
Durante las próximas semanas, Diálogo Digital publicará la serie especial Tecnología, medios emergentes y sociedad de la información conformada por los escritos del grupo de maestría, cuyos temas abarcan los procesos de convergencia mediática enmarcados en la llamada Web 2.0, las dinámicas económicas en la sociedad de redes, los nuevos modos de pensar al humano dentro de este modelo de sociedad y el rol del individuo frente a las tecnologías de información y comunicación.
 
Te invitamos compartir estos y otros contenidos, a comentarlos y debatir sobre ellos.
Publicado en Opinión y Debate

Los pueblos de Andalucía son de vida alegre, de un sol brillante, de grandes llanuras verdes cultivadas, donde en cada amanecer rebaños de ovejas circulan por caminos sin embrear dirigiéndose al campo en el que agricultores recogen a mano los frutos de la tierra. Y en este contexto tradicional y de costumbres artesanales, no sé cómo explicarle a mi anciana abuela, primero, quién es Jan van Dijk, y segundo, que no hay necesidad de ir a la oficina médica cada vez que se le acabe un medicamento. Sería un atrevimiento pero a la vez un placer, invitar a Manuel Castells a casa de abuela para que le explique, mientras se toman un café, que la sociedad desde unas décadas para acá ha sufrido una revolución tecnológica lo suficientemente grande como para evitarle el desplazamiento, a su edad, por una receta médica porque con un celular conectado a Internet la tiene en casa al momento.

No estaría mal la idea, tener una charla distendida y también prestarle mis oídos, al quinto sociólogo más nombrado en el mundo mientras conversa con mi abuela sobre términos como Informacionalismo y la sociedad red, cuando lo más que entiende ella de red es la que usa en el pelo cuando se pasa el blower ya que tampoco en su vida ha ido a pescar con redes. Pero supongo que la paciencia entrenada a lo largo de años de docencia de Manuel Castells y el gran interés de mi abuela por hacerle estar como en casa haría que los astros se alineasen para que ella comprendiera, a sus 90 años, las explicaciones del profesor. 

La integración de tecnologías digitales de información y comunicación están haciendo emerger una estructura social en red que casi le permitiría a mi abuela tener un médico virtual en casa para el cuidado de su salud. No es que los descubrimientos lo hayan conseguido los científicos del pueblo para que mi abuela no tenga que ir al médico por su receta; el avance se está consiguiendo globalmente en todos los ámbitos de la existencia humana, desde la salubridad, el trabajo, la cultura, la política, la educación, el transporte, hasta el ocio y el entretenimiento. No me imagino la cara de mi abuela cuando Manuel le hablara de la transformación multidimensional del mundo basada en una economía de carácter informacional, global, y donde Internet es la clave democrática gracias a la horizontalidad jerárquica de sus nodos. Desde un análisis marxista, la sociedad de redes cambia la forma de relaciones de producción, de hegemonía y poder y redefine la concepción del mercado de trabajo, la cultura, la política…

Reconozco que he subestimado su capacidad pues cuando le conté mi idea me preguntó si con todo eso de lo que le hablaría Don Manuel podía mejorar su salud aunque fuera a través de una computadora. En realidad, ni un médico virtual, ni el informacionalismo, ni la sociedad red van a sanar las enfermedades de mi abuela, pero pueden ayudarla a paliarle algunas deficiencias. Quizás debiéramos salvar algunos desequilibrios de la pequeña brecha tecnológica que se pueda sufrir en ese pequeño pueblo de la Andalucía profunda, tales como pueda ser la falta de conocimiento en el uso de computadoras por parte de los sectores más ancianos. Porque eso sí, buenas líneas telefónicas con ADSL tenemos y computadoras que no necesitan una manivela o una tanque de gas para funcionar como las que se quieren enviar a África también. Electricidad en nuestras casas tenemos desde hace unas décadas. Gracias a Dios.

Como decía, ningún médico virtual va a devolverle la eterna juventud a mi abuela de 90 años pero de alguna forma los sistemas de salud no son ajenos a las innovaciones tecnológicas de la sociedad red y pretenden adaptarse a los nuevos usos y retos que se plantean. Estaríamos en la transición de la “era industrial de la medicina” a la “era de la información de la medicina”, donde el informacionalismo es relevante. Los paquetes de información y conocimiento sobre salud ya no están monopolizados por los profesionales o las instituciones; la producción del conocimiento médico, al estar mediada por las tecnologías digitales, facilita que el propio paciente pueda convertirse en productor y difusor de conocimientos. De esta forma, puede llegar a hablarse incluso de una reconfiguración de los roles profesionales e institucionales, las prácticas médicas, la percepción del enfermo y la propia conceptualización de la enfermedad y de la vida (Brown & Webster, 2004; Webster, 2006). La sociedad de red en salud exige incluso la convergencia multicanal integrando teléfono, mensajería de texto, Internet y televisión para la atención médica a pacientes.

Concretemos algunos ejemplos de la sociedad de red en los sistemas de salud. Han surgido nuevas maneras de acceder a esta información sean por Free and Open Source Software, que mejoran la calidad de la atención, el cuidado y el autocuidado en las enfermedades de tipo crónico; entiéndanse los programas de telemedicina que se usan en las zonas rurales de Latinoamérica. Son muchos las webs de salud tanto de iniciativas privadas como de gobiernos donde el usuario puede hacer consultas sobre salud (ForumClinic.com, HealthCare.com, OrganizedWisdom.com, entre otros).

Surge así un nuevo concepto en salud: el paciente informado, experto en su enfermedad y con capacidad de intervención y actuación en las decisiones del sistema sanitario. Se da el caso entonces de que los pacientes llegan a la consulta médica con información previa sobre sus síntomas que comparten con el médico y debaten su posible diagnóstico. Este hecho, en muchos casos, conlleva importantes riesgos pues no siempre la información a la que tiene acceso el paciente es correcta o bien interpretada, lo que puede perjudicar seriamente la relación médico-paciente. Una encuesta realizada por Google España en 2007 muestra que cerca del 80% de la población utiliza Internet para saber más sobre salud, siendo los principales objetivos de su búsqueda la educación sobre temas de salud, decisión sobre el tratamiento a elegir, y entendimiento del estado y el tratamiento aplicado. Continuando con España, las innovaciones implícitas a la sociedad de red han activado la aparición de conceptos como el de “atención centrada en el paciente”, ya que este se presenta con mayores expectativas, permitiendo, a su vez, la introducción de la “medicina preventiva” y la “medicina del bienestar”. La integración de las tecnologías de información y comunicación en el sistema de salud español también ha logrado superar retos en tres ámbitos: provisión, gestión y financiación de los servicios médicos, manifestándose en casos como la eliminación de las diferencias existentes entre los servicios de las distintas comunidades autónomas. También ha mejorado la accesibilidad burocrática a estos servicios y se ha reducido el tiempo de espera en las oficinas médicas y hospitales. En cuanto a la gestión de los sistemas, se ha priorizado la atención a los colectivos más vulnerables (tercera edad, crónicos y zonas rurales) por la dificultad de acceso a los centros, ya que un seguimiento vía Internet facilita los cuidados.

Veamos la situación en Latinoamérica. Perú cuenta con 500 kilómetros de conexión por la Internet de 18 nodos a los que se conectan los centros de salud. Esa red permite evaluar a pacientes a distancia en tiempo real a través de imágenes y sonido. Proyectos similares se realizan en Venezuela, Panamá, Costa Rica, Argentina, México y Colombia con pequeñas modificaciones, según las necesidades del país. Estos proyectos conllevan desde rehabilitación muscular por videoconferencias hasta la identificación del historial médico de los indígenas en Costa Rica por la geometría de las manos, o el uso en Argentina de un historial médico electrónico online que permite un acceso rápido a diagnósticos en cualquier punto del país.

Para cerrar, esta incursión en la sociedad de la información en salud tranquilizaría a mi abuela sobre sus enfermedades, porque Internet aparecería como el Big Brother capaz controlar hasta los avances de la gripe, como demuestra la herramienta de Google Flutrends. Y por último, no debo dejar de hablar de las redes sociales donde se crean grupos de apoyo y ayuda según los tipos de enfermedades. Voy a destacar la red Second Life, la que permite un entorno de realidad virtual bastante evolucionado a personas con escasa movilidad en la que pueden desarrollar una vida psíquica casi normal.

Con todas estas anécdotas argumentales, manifiesto que una salubridad como la que exige la sociedad de redes, actualmente sería inconcebible sin nuevas tecnologías. Espero que mi abuela haya entendido los beneficios que le aportaría tener Intenet, ya sea en su celular o en casa, y que la hipotética visita de Don Manuel Castells a su casa le fuera fructífera. A ambos les dejaría con su conversatorio para darme un paseo con los amigos. Aunque me quedaría con el temor de que a mi abuela, después de escuchar a un académico tan interesante, le dé por matricularse en la universidad…En tal caso le recomendaría que lo hiciera por Internet y que sus clases fueran online.

Este texto pertenece al cuerpo de trabajo producido por estudiantes de maestría en Comunicación de la UPR-RP, bajo la dirección del profesor Rubén Ramírez Sánchez, en el blog de la clase Tecnología, medios emergentes y sociedad de la información: consideraciones teóricas y metodológicas  

Publicado en Opinión y Debate

Como muchos que crecieron en el periodo de transición que supuso la aparición de la Web, he experimentado un cambio en cómo valoro y consumo los productos culturales que llegan a formar tanto una identidad propia como una identificación de cara a la sociedad de la información.

Érase el tiempo en que cualquier texto -en el amplio sentido de la palabra-venía atado a un formato inextricable de la información que contenía. Fuese un libro o un disco, lo que hoy vemos como data tenía un aura de corporeidad y de artefacto. El volumen físico de estos productos afectaban nuestra noción de lo que era mucho o poco. Muchas veces conseguir algo en particular que se saliera de la oferta mainstream requería un quehacer tedioso que finalmente añadía al goce o el chasco de conseguir o no lo que se buscaba. Aún en los comienzos del Internet como fuente de productos culturales, se mantenía un sentido de descubrimiento ante lo encontrado. Y, en el caso de la música, todavía la finalidad era quemar un CD con tus canciones favoritas y compartirlas con tus amigos y demás. Había una satisfacción en la colección y en el consumo de los productos que mejor representaban tu buen gusto y tu dominio a la hora de encontrar algo nuevo y atractivo.     

Aunque ahora, más que nunca, se facilita la satisfacción de gustos alternativos, cada vez es más difícil sentirse especial por lo que uno consume. El mercado de entonces propiciaba un monocultivo de gustos más en la vena de las producciones de la cultura popular de turno y todavía lo mainstream constituía el mercado más voluminoso del que se hacía más dinero. Mientras existían fetichistas y adeptos de otros géneros más invisibles o de contra-cultura, la mayoría se conformaba con el Top 10, MTV y lo que traía su disco-tienda favorita, y así contribuían pasivamente a mantener un status quo de la industria cultural.

No obstante, ¿podemos decir que esta tendencia ha cambiado con el advenimiento de los nuevos medios? Pues, sí y no. Los productos culturales mainstream siguen estando ahí y atrayendo a grandes poblaciones de usuarios pero también se ha visibilizado un mercado que quizás siempre estuvo ahí desatendido por el capitalismo. A lo que me refiero específicamente es lo que se conoce como el long-tail o la cola larga. La cola larga es una característica estadística visible en las gráficas que incluyen un eje de popularidad y otro de consumo. Lo que resulta entonces es que la población (y potencial mercado) más grande reside en lo menos popular, en los nichos.

Este término ha sido acuñado por el escritor de Wired Magazine, Chris Anderson. En su artículo, titulado The Long Tail, Anderson evalúa este fenómeno y asocia con el éxito empresarial que han tenido compañías como Amazon, Netflix y Rhapsody, entre otras. Lo que significa esta tendencia propiciada por modelos económicos cimentados en la Web 2.0 es que el dinero ahora se está haciendo más en un mercado de nichos y no uno de masas. El mercado de nichos es la acumulación de las ventas pequeñas que no son parte de un mercado mainstream.

Si bien antes te sentías que lo disponible en las tiendas de música o sitios de alquiler de películas no te satisfacía, ahora en la web puedes no solamente saciar tus impulsos consumistas más particulares sino también exponerte a productos a los que de otra manera no estarías expuesto. Y creo que la pregunta que tenemos que hacernos es, ¿cómo afecta el tener más acceso al nicho nuestra percepción de lo que antes llamábamos mainstream? ¿Qué manifestaciones culturales son catalizadas por la disponibilidad de productos de una naturaleza más independiente?

La música y cierto géneros audiovisuales se democratizan más en la web por lo que el salto de la cola larga al mainstream no es tan difícil cuando más personas, unidas y comunicadas por las particularidades de su consumo, producen otra noción de lo popular.

Por mi parte, no me acuerdo escuchar a tantas personas hablando de tal o cual documental que “tienes que ver” o este grupo de hip-hop surafricano que mezcla elementos del house de Miami y el new wave inglés. Tendencias urbanas del primer mundo como el hipsterismo sería improbable sin un acceso facilitado por la economía (y el mercado negro) 2.0. Expresiones culturales que logran algún tipo de culto por un nicho están cada vez más susceptibles a ser coaptados por un mercado de masas que cada vez quiere apelar más a lo indie, a lo cool. Y, gracias a toda la información demográfica que le damos a las corporaciones, éstas aprenden rápidamente no sólo qué vendernos, sino cómo vendernos.

Este texto pertenece al cuerpo de trabajo producido por estudiantes de maestría en Comunicación de la UPR-RP, bajo la dirección del profesor Rubén Ramírez Sánchez, en el blog de la clase Tecnología, medios emergentes y sociedad de la información: consideraciones teóricas y metodológicas  

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Lunes 05 de diciembre de 2011 08:00

¿Puro entretenimiento o retrato del futuro?

En los últimos veinticinco años, la tecnología ha evolucionado rápidamente con la intención de facilitar un sinnúmero de tareas al humano. Las computadoras tienen la capacidad de reconocer a sus usuarios al punto que pueden instaurar en su memoria los usos más recientes de su dueño. Este avance tecnológico es lo que se conoce como inteligencia artificial, es decir, cuando un aparato tiene la capacidad de inferir y actuar con autonomía sin recibir una “orden” directa.

Me parece que se ejemplifica mediante los “TiVo”, cuyo nombre se ha apropiado para verbalizar el acto de grabar programación de preferencia. Y es que estos aparatos no requieren de programación computadorizada específica para grabar programas televisivos que usualmente ve quien los posee. Sorprendentemente, el TiVo -o cualquier otra grabadora digital con un sistema operativo similar- es capaz de recordar las tendencias de programación que el usuario frecuenta y los graba automáticamente. Incluso, es capaz de inferir qué programación podría interesarle al televidente, basándose en los géneros de su predilección.

Este tipo de avances puede parecerle fantástico para algunos. A otros, por el contrario, podría asemejarse a una situación sacada de una película de horror. Esta extraña fascinación o perplejidad por lo tecnológico se evidencia en la gran gama de productos culturales realizados en televisión y cine que giran en torno al asunto. En el año 2001, el cineasta Steven Spielberg dirigió el filme A.I.: Artificial Intelligence que trata sobre un futuro donde los robots casi sustituyen a los humanos hasta en aquello que nos separa de las máquinas: los sentimientos. Inolvidable es la imagen del niño robot, interpretado por Haley Joel Osment, llorando por el abandono de su madre humana.

Otro ejemplo es la película I, Robot (2004), protagonizada por el actor estadounidense Will Smith, y dirigida por Alex Proyas. Su narrativa se desarrolla en el año 2035, donde robots antropomorfos (o humanoides) intentan esclavizar a los humanos, o al menos, controlarlos. Pero muy al estilo de Hollywood, uno de ellos -el personaje de Sonny- prueba su fidelidad hacia los humanos al ayudarlos a destruir la computadora madre que incita a los demás robots. Trata entonces el tema del desarrollo de la inteligencia artificial con la expectativa de que el avance se nos “salga de las manos”. Las máquinas tienen intención de apoderarse de la Tierra y utilizar a los humanos, tal y como las hemos utilizado a ellas.

El tema es recurrente ya que I, Robot no es la primera película que explora las consecuencias que el desarrollo de lo tecnológico pudiese traer a la sociedad. Mucho antes, el director estadounidense James Cameron construyó al Terminator.

Estelarizada por Arnorld Schwarzenegger, Terminator (1984) logró trascender el género de las películas de acción con una premisa innovadora. Un hombre del futuro (Kyle Reese, interpretado por el actor estadounidense Michael Biehn) viaja al presente para salvar a Sarah Connor (interpretada por la incomparable Linda Hamilton) dado que un cyborg del futuro (Schwarzenegger) fue enviado para matarla, pues ella sería la madre de John Connor, el futuro líder de la resistencia contra Skynet, una red de inteligencia artificial que cobra conciencia de sí misma.

Así nace la que considero una de las franquicias más inteligentes en la historia del cine y televisión con sus tres secuelas (Terminator 2: Judgement Day, Terminator 3: Rise of the Machines y Terminator Salvation) y una serie televisiva (Terminator: The Sarah Connor Chronicles). Más allá del entretenimiento, la franquicia presenta un discurso que invita al espectador a debatir lo que es conciencia a nivel social, a preocuparse por el uso desmedido de la tecnología y a pensar los límites del control.

Por la misma línea se desarrolla la serie televisiva Battlestar Galactica, de la cadena Sci Fi. En este caso, no sólo los robots cobran conciencia de sí mismos, sino que tras años de evolución se convierten en una civilización aparte, con creencias propias. En un mundo politeísta, ellos creen en un solo dios. Con el intento de erradicar todo aquello que amenace sus creencias, se da una guerra entre humanos y máquinas, la cual culmina con robots androides semi-biológicos, quienes tienen la capacidad de reproducirse como el ser humano -siempre y cuando la pareja se ame- y como contrapunto, la lucha de una raza humana casi extinta buscando un nuevo planeta en el cual habitar, aun cuando esto signifique comenzar una civilización desde cero.

En fin, la inteligencia artificial seguirá presente en la cultura popular. A pesar de que ha sido utilizada de diversos modos en lo visual, todos poseen una cualidad en común: levantan a discusión las mismas interrogantes. ¿Cuán peligrosos pueden llegar a ser los avances tecnológicos que tanto admiramos hoy día? ¿Se nos podría salir de las manos algo que parecería ser beneficioso? Ciertamente, cada uno de los objetos culturales antes mencionados lleva la respuesta a estas preguntas al extremo. Hiperbolizan los supuestos para entretener y crear conciencia… O, ¿quizás no?

La autora es cineasta, guionista y crítica de cine

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La Inteligencia Artificial (IA), como concepto socio-cultural, ha quedado efectivamente inscrita en la historia. Desde la mitología griega hasta nuestro presente híper-mediático, ideas sobre la posibilidad de máquinas pensantes han impulsado no sólo la imaginación sobre el futuro sino, además, las condiciones materiales mediante las cuales esos futuros idealizados serían posibles.

En nuestro imaginario reciente, esto queda ejemplificado por representaciones como HAL 9000, la máquina artificialmente inteligente de 2001: A Space Odyssey, el T-800, mejor conocido como Terminator y hasta Paw Pilot, la cantarina asistente computarizada del programa de niños Special Agent Oso. Como representaciones que son, no conforman el mundo referencial en sí, sino la aproximación a una idea sobre el mundo construida con fragmentos de una realidad material.

Los ejemplos expuestos intersectan un mismo punto: Las máquinas alcanzan un nivel de conciencia que las igualan a, o las hacen superar, la “condición” humana. No obstante, ¿qué diferencia a una máquina de un humano? ¿Acaso no se ha sedimentado una idea generalizada de que las computadoras son más inteligentes que los humanos, menos propensas al error, infinitamente más precisas, con una capacidad de cálculo supra-humana? Pienso, por ejemplo, en cómo un jet de nueva generación como el A-380 es prácticamente piloteado por sistemas computarizados, reduciendo el rol de los pilotos al monitoreo de sistemas.

La diferencia radica en aquello que la máquina es incapaz de hacer: razonar. Es decir, la máquina hasta el momento no puede pensar rizomáticamente, espontáneamente, socialmente. La máquina carece de esas destrezas semiológicas que le permitirían no sólo trascender la dimensión denotativa de un signo sino también otorgar su propia dimensión simbólica a los signos que constituyen su taxonomía del mundo. La máquina no es una entidad original, sólo puede hacer aquello que nosotros, mediante lenguajes humanos, le programamos a ejecutar.

Volviendo a las metáforas y representaciones: ¿Cuán certeras son? ¿Cómo nos equipan para entender la profundidad técnica y filosófica de la IA? El estado actual de tecnologías de IA está fundamentado en un elemento medular de la computación —la programación—, que no es más que un conjunto de instrucciones expresadas lógicamente de acuerdo a una codificación discreta. El lenguaje de un programa, sin embargo, no puede ser connotativo, sino denotativo, puesto que una máquina no tiene la capacidad semiológica para interpretar matices, ambigüedades o estructuras profundas. Si lo connotativo, como afirmara Barthes, es todo signo cuya significación se da en relación a un contexto histórico y no a su acepción o impresión superficial, entonces la máquina, para ejecutar un programa, depende de la claridad denotativa del lenguaje que le instruye. Es decir, la complejidad de la acción de una máquina depende de la capacidad de especificación, no importa cuán complicada, del algoritmo que impulsa su programación.

Pero la IA, al menos como la entendemos comúnmente, tendría que necesariamente trascender esa encrucijada para poder devenir lo que proclama. Un ejemplo extremo sería el de una máquina que logra crear sus propios programas, ad infinitum, en base a un único programa externo, un algoritmo para una conciencia sincrónica y diacrónica. Para ir a una metáfora célebre, el Terminator actuaba contextualmente a base a un programa —salvar a John Connor— hasta el punto de querer entender eso que es humano: la amistad, la empatía, la lealtad. El triunfo de la IA sería, entonces, procrear máquinas capaces de tomar decisiones espontáneamente (fuera del algoritmo), percibir matices, reconocer convenciones sociales, aprender.

Es aquí que resulta útil hablar de tecnologías inteligentes (TI) en complementariedad a la IA. Una idea general de las TI la tenemos clara: Goggle y sus bots, el i-Phone y SIRI, el GPS, entre tantas otras instancias. Al igual que la IA, las TI no se limitan para nada a la robótica o la información. Por ejemplo, el campo de la biomímesis, el cual busca desarrollar tecnologías inspiradas en la inteligencia de la naturaleza, es una tierra fértil para la creación de TI. Un ejemplo aplicado de biomímesis es la emulación de termiteros en la construcción de edificios sin acondicionamiento de aire y energéticamente eficientes. La película Avatar trabaja muy bien esta nueva metáfora de la tecnología, en la que el desarrollo tecnológico no radica en domar la naturaleza sino fusionarse con ella en su diseño “perfecto”. No hay monitores, ni algoritmos, ni código en esa metáfora.

Jaron Lanier, un pionero de la realidad virtual, asevera que el énfasis desbalanceado de las tecnologías digitales sobre la información ha oscurecido el verdadero potencial del internet. No obstante, insistimos en pensar la AI y las TI por separado y en términos de metáforas que en ocasiones reproducen ideas reduccionistas de su diseño, potencial, alcance, usos e implicaciones. Tal vez podríamos pensar el incremento en sofisticación de las TI como aquello que podría llevar a la IA a su máximo desarrollo.

El autor es profesor de convergencia mediática en la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Publicado en Opinión y Debate
Lunes 05 de diciembre de 2011 08:00

Inteligencia Artificial: El futuro es hoy

La noche previa al comienzo de las ventas del modelo iPhone 4S de la compañía Apple, ya había cientos de personas que circunvalaban en filas las instalaciones de sus tiendas y otros distribuidores autorizados de la empresa alrededor del mundo. Con sillas desplegables y armados con otros artefactos de la marca, todos esperaban con ansias el nuevo producto. Hasta el cofundador de la compañía, Steve Wozniak, se unió a las filas que se acumularon en California, indicando que quería compartir la experiencia con los fanáticos de sus productos, y que sólo deseaba poder hablarle a su teléfono.

 

El móvil no tenía un diseño físico nuevo; era el mismo que su predecesor, el iPhone 4. Sin embargo, algo había distinto: un dispositivo llamado Siri, que Apple describe como un asistente personal inteligente. Siri es un agente de inteligencia artificial que recupera información mediante comandos de voz. Las tecnologías de comandos de voz no son novedosas, pero a diferencia de ellas Siri “entiende” el lenguaje natural del usuario -sea inglés, francés o alemán- y le hace preguntas para obtener resultados más precisos.

 

"Si vamos a crear máquinas esclavas,

¿por qué hacerlas humanas y con sentimientos?"

 

Todos querían probar a Siri primero, hablar con ella. Incluso, dos días después del lanzamiento de este nuevo dispositivo, ya había varios blogs dedicados a publicar las conversaciones que algunos usuarios sostenían con Siri. El resultado del lanzamiento el pasado mes generó cuatro millones de dólares en el primer fin de semana de ventas para la compañía. Se espera poder distribuir 26 millones de unidades mundialmente antes del fin de año.

 

Cuando Wozniak proclamó que sólo quería hablarle a su teléfono, se hizo evidente que el uso del celular había cambiado para siempre. La tecnología trasciende la necesidad y se convierte en un instrumento que incita la curiosidad en el consumidor y en un factor de motivación en su compra. Podríamos inferir que ahora la tecnología celular no suple necesariamente su función primordial sino que también brinda nuevos puntos de atracción a los aparatos que se venden. Algo subyace de este evento económico-tecnológico: la inteligencia artificial ya no es una investigación de laboratorio o tema de película de ciencia ficción sino una utilidad al alcance de todos. Nos cuestionamos entonces, ¿qué es eso que llamamos inteligencia artificial?

 

Hablemos de inteligencia artificial

 

Steve Jobs, cofundador de Apple, apostaba a conectar la tecnología con la emoción. Parecería paradójico brindarles adjetivaciones humanas a instrumentos materiales, pero Jobs se refería precisamente a tratar de cerrar esa brecha entre la creación y la pasión. La inteligencia artificial trata de vincular ambas, mediante la emulación de funciones que los humanos asociamos con inteligencia natural, pero realizadas por una máquina.

 

¿Cómo un artificio podría emular lo natural? Para Marcel Castro-Sitiriche y Fernando Vega-Riveros, profesores del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Computacional de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez (RUM), la inteligencia artificial es un planteamiento complejo desde su nivel epistemológico.

                                           

 

Cuando Vega-Riveros comienza sus clases, les pregunta a sus estudiantes qué entienden por inteligencia. Suelen asociar inteligencia con conocimiento y solución de problemas, pero casi nunca señalan aspectos como lo afectivo, lo creativo y, como indica el profesor, mucho menos el concepto de conciencia. Explica que no es la conciencia moral, sino la del ser, del ser hombre o mujer, ser una persona en un contexto particular. “Es lo que en inglés llaman consciousness, que no es lo mismo que conscience. Esos aspectos no se nos ocurren hasta que hablamos con un psicólogo o un filósofo, pero usualmente pensamos en lo meramente intelectual”, explica el profesor.

 

Añadir el concepto de lo artificial a este debate filosófico hace más complejo el término general, y -dice Vega-Riveros- “pone más divertida la discusión con filósofos y psicólogos”. Y es que de inmediato surgen preguntas sobre qué es entender, qué es comprender, y qué es la mente: ¿es parte del cuerpo o está aparte de éste? Y por otro lado, ¿es un estado funcional del cerebro?

 

A partir de preguntas como éstas, la ciencia ha trabajado múltiples enfoques para abarcar la inteligencia artificial. Actualmente científicos trabajan con dos modelos: aquellos de bajo nivel, modelos del cerebro enfocados en la neurociencia, específicamente en las redes neurales; y los modelos de alto nivel, sistemas basados en conocimiento que tratan de explicar cómo es que procesamos la información a nivel de conceptos y teorías.

 

Ante la diversidad de definiciones y modelos, entre los científicos no se ha logrado establecer cuál modelo es más apto para estudiar la inteligencia artificial. Castro-Sitiriche comenta que la inteligencia artificial -o inteligencia computacional, como también es conocida- es un campo de estudio en evolución.

 

¿Cómo funciona la inteligencia artificial?

 

En un laboratorio del Centro de Investigación y Desarrollo del RUM, un estudiante graduado de Ingeniería Eléctrica enciende un monitor para mostrarme visualmente la corriente alterna eléctrica que está generando su inversor. Este aparato construido por Ricardo Maldonado transfiere la energía almacenada por planchas solares e invierte el voltaje a uno apto para el consumo energético en el hogar. Su investigación está destinada a comunidades de bajos recursos en Bangladesh, donde el tendido eléctrico es escaso. Lo más apremiante en esta etapa de su investigación -la cual se encuentra en fase de prueba- es abaratar el costo del inversor, en el cual invirtió doscientos dólares.

Ricardo Maldonado, estudiante graduado de Ingeniería Electrica. Foto por Ricardo Alcaraz

 

Lo particular de la investigación de Maldonado es que utiliza inteligencia artificial para determinar el momento en que el sistema alcanza los niveles óptimos para tomar la mejor decisión en un ambiente determinado. La estrategia de inteligencia artificial que utiliza su investigación se basa en los modelos de emulación de inteligencia grupal a nivel biológico, como el que ocurre en las escuelas de peces o los enjambres de abejas. Al igual que Maldonado, otros estudiantes del RUM utilizan la inteligencia artificial en su campo de estudio para desarrollar nuevas vertientes en sus investigaciones.

 

Ahora bien, ¿cómo se aplica? La operación de un aparato de inteligencia artificial consta de un proceso cíclico de percepción, decisión, actuación e interacción, conocido como el ciclo de percepción-acción. En primer lugar, el agente inteligente (el robot, el agente financiero, el agente de juegos, entre otros) interactúa con un entorno. Percibe este entorno mediante sensores. El insumo de los sensores interacciona con el entorno a través de sus actuadores, es decir, sus partes (un brazo mecánico, un control remoto). La función del agente de inteligencia artificial radica en su toma de decisiones para efectuar una acción. Es aquí donde yace el reto para los investigadores de la inteligencia artificial: lograr que una máquina ejerza una operación que requiera adaptarse a situaciones imprevistas. Su aplicación no tiene límites. La inteligencia artificial se utiliza en la medicina, las finanzas, la electricidad, los juegos, la Web, las industrias manufactureras, la tecnología computadorizada, así como la robótica, entre otras.

 

El profesor Vega-Riveros trabaja en una investigación usando inteligencia artificial para desarrollar mejores buscadores en la Web. Le quiere ganar a Google, dice simpáticamente. Utiliza modelos de alto nivel, en este caso la semántica. Se requiere que la computadora procese la información que viene textual en lenguaje natural -que es el inglés- y contestar algo que tenga sentido. El investigador crea un banco de oraciones, donde extrae una representación moldeada en un mapa de conceptos. Introduce, entonces, la información de las oraciones con su representación a un algoritmo, el cual debe poder aprender esas representaciones y generalizarlas para otras oraciones que aún no ha visto. El problema que se comienza a investigar es cómo el agente inteligente puede determinar cuándo dos oraciones dicen lo mismo, es decir, son semánticamente equivalentes.

 

En este sentido, nos preguntamos, ¿la máquina puede crear significados? ¿Hacer sentido? “Aparentemente para un observador externo, la máquina está entendiendo. La estoy entrenado porque le hago un algoritmo de aprendizaje y le doy al igual que una persona muchos ejemplos para que practique”, explica Vega-Riveros. La realidad es que no puede hacer sentido por sí sola.

 

El profesor sugiere que esto se debe a que el conocimiento es un fenómeno social. “No puedo decir que tengo un conocimiento como individuo. Mi conocimiento es algo que se da en sociedad, son acuerdos sociales, como el lenguaje, la física, la química… utilizamos modelos del átomo, del Big Bang, pero son nuestros modelos como especie humana, inteligibles sólo en un contexto particular”, expresó. El conocimiento y la inteligencia entendida como un proceso social y no individual trascienden a ser un problema filosófico, sobre el cual los científicos aún no tienen consenso.

 

¿Un humano artificial?

 

En Japón, un roboticista llamado Hiroshi Ishiguro tiene un doppelgänger -un doble- humanoide atendiendo su oficina. Ishiguro está convencido que en un futuro ya no importará la diferencia entre humano y robot, pues serán visualmente idénticos. El humanoide realiza tareas por Ishiguro cuando éste se encuentra en su docencia. En entrevista con National Geographic en su edición de agosto 2011, Ishiguro planteó que el uso ideal de su humanoide es dejarlo con su madre, quien vive lejos de él. Cuando le cuento esto a Castro-Sitiriche, suelta una risa nerviosa y me indica que modelar un humano artificial sólo tiene un propósito válido cuando se utiliza para tratar de entender mejor las funciones del cerebro. Para él, no es cuestión de ser conservador, sino que es una gran complejidad ética.

El roboticistia Hiroshi Ishiguro con su humanoide

 

Y es que, según Castro-Sitiriche, para modelar el cerebro humano, no es necesario crear un humano artificial como meta. Explica que no tiene temor a la toma de conciencia, rebelión y dominancia por parte de los humanoides, como en las películas de ciencia ficción. Su preocupación recae en la utilidad que podría tener el crear un robot con cualidades humanas y las consideraciones de los impactos –positivos o negativos– que surgen con nuevas tecnologías. “Supongamos que se lograra crear un humano como máquina. Si fuera realmente equivalente, tendría que tener los mismos derechos humanos. En ese sentido, lo que usualmente se quiere es esclavizar esa máquina y no tener competencia. Si vamos a crear máquinas esclavas, ¿por qué hacerlas humanas y con sentimientos? ¿Para qué?”

 

No obstante, faltaría muchísimo tiempo para desarrollar una inteligencia artificial que equipare la humana. El cerebro tiene 100,000 millones de neuronas, químicos y funciones ligadas a la inteligencia emocional. Actualmente, los investigadores sólo pueden utilizar organismos cuyos cerebros tienen miles de neuronas, como por ejemplo, las moscas o las ratas. Hay mucho conocimiento por afinar sobre la complejidad cerebral humana.

 

Se están perfeccionando agentes robóticos que ejerzan tareas que conllevan una dimensión humana, como androides que estén a cargo del cuido de ancianos. De hecho, los usos apropiados de la tecnología en ramas como la salud auguran un mejoramiento en la calidad de vida de una población global que se vislumbra tendrá un tiempo de vida más extenso que generaciones anteriores. Si bien Ishiguro no tiene reparos en dejar su humanoide con su madre, pues dice, “soy yo mismo”, no todos los que trabajan con la inteligencia artificial articulan estas coyunturas de socialización de igual modo. A Castro-Sitiriche le inquieta el que no se tome en cuenta las consideraciones de un producto creado que por naturaleza no es una herramienta neutral. Sobre el cuido de ancianos por parte de agentes inteligentes, es un debate que ha oído bastante, no obstante, piensa que es una justificación al criterio personal y no una solución general. “Entiendo que los asuntos sociales se deben atender de modo social y no relegarlo a la comodidad de la tecnología. Es una lucha fuerte que tengo dentro de la Ingeniería. Tiene que ser tecnología y algo más, y ese más suele ser más importante”, comenta.

 

No hay una connotación de temor en las declaraciones de investigadores de la inteligencia artificial. No prevén que los agentes artificiales tomen “conciencia” humana. Más bien, hay una inquietud sobre el poder pronosticar los efectos a nivel social que puedan acarrear las nuevas tecnologías inteligentes. Académicos podrán establecer proyecciones, pero al final, es aquella fila de fanáticos de Apple los que dictarán las nuevas pautas sociales. Ya hay al menos dos generaciones que nacieron dentro de la cultura tecnológica, quienes han experimentado en su cotidianidad el alcance de las mismas. Sociólogos, psicólogos y filósofos podrán debatir en lo que resta de siglo si estamos ante el umbral de un cambio de paradigma en las relaciones sociales, las que estarán fundamentalmente mediadas por la tecnología. No hay vuelta atrás. A fin de cuentas, el humanoide Ishiguro ya está tomando recados para su creador y cuatro millones de personas alrededor del mundo preguntándole a Siri What is the meaning of life?

 

 

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Publicado en Local
Miércoles 09 de noviembre de 2011 16:06

Twitter permitirá filtrar tweets más destacados

La popular red social de microblogging Twitter, pensando en ayudar a las marcas, agencias de noticias y medios de comunicación, se ha asociado con Mass Relevance y Crimson Hexagon, dos grandes empresas de monitoreo de tweets. Estas empresas cada una por su lado facilitarán el filtro y selección de tweets más relevantes, que serán mostrados en su sitio, es decir, tanto las marcas y medios de comunicación podrán saber qué piensan, cómo se sienten los usuarios respecto a algún tema en particular.

Por su parte, Mass Relevance filtrará y mostrará, a sus usuarios, los tweets más relevantes o de máxima calidad sobre un tema específico. Y la empresa Hexágono Carmesí realizará un análisis global de tweets, que determinarán las principales opiniones de los usuarios de Twitter, para sus clientes. Sin duda, estas informaciones ayudarán en gran medida a las marcas, que intentan conocer y saber lo que piensan sus clientes actuales y clientes potenciales sobre ellos o sus competencias.

Como sabemos la red de microblogging Twitter ha registrado que al día se envían más de 230,000,000 de tweets y más 1,500,000,000 a la semana. Siendo un volumen bastante alto como para ser analizados por las marcas y agencias de noticias, quienes recurrirán a empresas de monitoreo de medios para que ellos realicen el trabajo, ya sea encontrando las menciones o analizando tweets sobre un tema en particular.

Por ejemplo, Relevancia Misa ha ayudado a encontrar los mejores tweets sobre el Oscar del 2011, identificando al público, candidatos, y críticos, que luego se podían ver el los micrositios. Asimismo, tenemos el análisis que realizó la empresa Crimson Hexagon acerca de la cobertura de los Juegos Olímpicos de invierno en el 2010 por la NBC, descubriendo que los usuarios de Twitter odiaban esta cobertura.

De seguro, la formalización de la sociedad entre la plataforma de mensajes cortos y las empresas de monitoreo beneficiará a Twitter, quien cobrará una cuota por los servicios que ofrecerá Mass Relevance y Crimson Hexagon utilizando su base de tweets en tiempo real.

De esta manera, generará más ingreso para la compañía que cada vez se vuelve una herramienta importante para las empresas y agencias de noticias.

Fuente Webespacio.blog

Publicado en Opinión y Debate