23 abr, 2014

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Martes 23 de agosto de 2011 11:14

“El llanto de las Magdalenas y el llanto genuino”

Por  Alejandro Carpio
  • De: Especial para Diálogo
El autor analiza la construcción del artículo, Las nuevas Magdalenas de Palestina, de Carmen Rengel en la óptica de la práctica del “periodismo humano”. El autor analiza la construcción del artículo, Las nuevas Magdalenas de Palestina, de Carmen Rengel en la óptica de la práctica del “periodismo humano”. Periodismo Humano


     Recientemente leí un artículo de Carmen Rengel, “Las nuevas Magdalenas de Palestina”, que originalmente se publicó en la revista electrónica Periodismo Humano. El cuadro que pinta Rengel, triste in extremis, merece atención por el tipo de brochazo del que se sirve.

 Rengel  reporta las condiciones deplorables de las rameras de los territorios palestinos en años recientes (obtiene su información de un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas, ONU). Muchas mujeres palestinas, leemos, enfrentan el mundo de la prostitución por las causas usuales (pobreza, principalmente, pero también dominación política), a lo que se le agrega —en el texto de Rengel— una complicación adicional: el patriarcado. Esta última palabra da forma a unos pincelazos que, sugiero, deberíamos cuestionar.

El case study que refiere Rengel es el siguiente: una mujer maltratada por su padre, a quien su tío intentó violar, abandonó la escuela a los 11 años para trabajar en tareas domésticas, y finalmente ingresó en el mundo de la prostitución. Víctima del machismo palestino y musulmán, la joven se encontró en una situación devastadora, por el mero hecho de ser mujer. Escribe la autora:

El sometimiento de estas esclavas —abunda el informe— es más intenso que en otras zonas del planeta por provenir de entornos en los que la voz de la mujer no importa lo más mínimo. El patriarcado lleva a las palestinas a tener un papel secundario, a una dependencia forzosa, a la ‘vulnerabilidad y la explotación’.

Los temas político y económico, pues, pierden peso en el análisis de la autora, para quien el machismo musulmán conforma la raíz de todo mal. En esto consiste el aspecto “humano” de este “periodismo humano”.

Se trata de una tierra maldita, árida y machista, de la que las mujeres no pueden escapar, ni siquiera a Israel. “La técnica del engaño,” escribe, “también funciona en esta tierra: un 15% de las chicas termina ejerciendo la prostitución después de recibir papeles falsos para cruzar a Ramala o Jerusalén Este, supuestamente con el fin de trabajar como limpiadoras”. Israel, tierra prometida en donde los sueños se hacen realidad, se deshace ante los ojos de estas mujeres engañadas. De hecho, aunque llegasen a Canaán, sus mismísimos prejuicios las apartarían de ser beneficiarias de los altos estándares de libertad civil y derechos humanos que promueve Israel. Escribe Rengel, compadecida: “Por motivos políticos temen acudir a los agentes ‘enemigos’. El resultado es el mismo: la indefensión absoluta”.

Ni siquiera la ley local protege a las mujeres: las familias no quieren llenar querellas de violencia doméstica por miedo a que se manche su honor cuasicalderoniano. Se trata, efectivamente, de una tierra maldita, árida y machista, como ninguna otra en el planeta. Finalmente, la mismísima sicología de la mujer palestina se rinde ante el machismo avasallante del islam: “Todo se va añadiendo hasta conformar el alma forzosamente sumisa de estas mujeres que, además, por cultura y desconocimiento, entienden el sexo como servicio absoluto al hombre, que no es hombre para algunas de ellas si no pega y somete” (p. 15, el subrayado es mío).

Amerita detenerse en las causas que comenta el artículo. La prensa que identificamos con la izquierda o, al menos, interesada en temas de derechos humanos incide, en ocasiones, en promulgar los mismísimos prejuicios que quizás pretende contrarrestar. No intento minimizar la doble tragedia que implica ser una ramera en un territorio ocupado militarmente por una superpotencia, pero el racismo lamentable de la autora debería superarse con una perspectiva menos obtusa.

Cultura y desconocimiento. Patriarcado. Los términos no recurren con tal persistencia en las discusiones sobre la prostitución en Europa del Este, una de las fuentes más fértiles del tráfico humano. Ahí están en marcha otros elementos. En Europa del Este no hay demasiado patriarcado. Ahí sí importan las condiciones sociales específicas, el hecho de que haya muchísima pobreza. En los países árabes, no. En los países árabes es culpa del machismo agareno. Prueba axiomática de esto es la siniestra y elocuente burka de la foto que aparece en el reportaje. La burka habla por sí sola: el islam perjudica y se debe combatir.

Poco importa que Gaza mantenga uno de los niveles de hacinamiento y pobreza más agudos del mundo, que reciba ataques esporádicos del país mejor armado y más próspero de la región. Poco importa la voluntad consistente de Estados Unidos e Israel de imposibilitar que haya una estructura política y legal más o menos funcional en ellos. De hecho, no es que no importe; es que se trata, para Rengel, de todo lo contrario:

“Palestina, relativamente autónoma y, como mínimo, a unos meses de ser independiente, no tiene leyes que penalicen estos comportamientos, con lo que nunca se corrigen los vicios”. Lo de “relativamente autónoma” no merece comentario, y cualquier persona enterada de la realidad palestina reconocerá que se trata de un chiste de mal gusto.

El reporte que cita Rengel se redactó en 2011; dos años antes, la ONU publicó otro reporte, sobre la situación humanitaria de Gaza, luego del ataque israelí de 2009. Entre los puntos que señala, encontramos la incapacidad de la Franja de Gaza de funcionar normalmente por la agresión de la que ha sido víctima.

Leemos que, además del millar de muertos, para ese año el 80% de la población no podría subsistir sin ayuda humanitaria. La crisis de comida incluía víveres básicos como harina, arroz, carne, leche y azúcar. El sistema de salud no podía sostener el volumen de enfermos y heridos, “having already been weakened by the 18-month blockade”. Gaza sólo tiene una planta eléctrica, la cual dejó de funcionar por causa del fuego israelí (15 transformadores recibieron daños por el ataque). El sistema de alcantarillado dejó de funcionar; Israel bombardeó la planta de tratamiento de agua de Beit Lahiya, lo que produjo que las aguas negras corrieran por las calles. Alrededor de 250,000 residentes de Gaza, informó la ONU, quedaron sin agua.
     El reporte concluye: “There has been significant destruction in the Gaza Strip, over 600 targets hit, including roads, infrastructure, the Islamic university, government buildings, mosques and civil police stations”; todo esto, claro está, “having already been weakened by the 18-month blockade” y una ocupación militar más larga.

 Para Rengel, sin embargo, Palestina goza de una “relativa autonomía”; si hay miseria y un florecimiento de prostitución, se deberá, por supuesto, al patriarcado y al machismo musulmán, y no a una política de destruir la infraestructura de un territorio sin gobierno reconocido, al que se bloquea, limita, biseca y, para colmo, ocasionalmente se bombardea.

Rengel subraya un vínculo entre la prostitución y la costumbre (en efecto, irritante) de casar niñas con hombres mayores. Se trata de “matrimonios bendecidos por la sociedad en los que se dan desde el principio relaciones forzadas, a lo que no ayuda el desconocimiento entre marido y mujer, las limitaciones de la edad, el desconocimiento de sus cuerpos, su dignidad” (14). Pero culpar la sociedad por esta costumbre equivale a decir que el crimen de Guatemala es culpa de lo malas que son las madres guatemaltecas, quienes no les enseñan ética a sus hijos. ¿Pero es que la fuente usual de crimen y prostitución, la pobreza, no tiene nada que ver? ¿Se trata de una cultura dañada, “patriarcal”?

En palestina el tráfico humano es ilegal . No sólo la prostitución es ilegal, sino que, sostiene un informe de SAWA (que también cita Rengel, aunque selectivamente) “reality shows that [it] exist[s] and […] appear[s] to operate informally on a small-scale basis rather than as a sophisticated and organized activity”. El reportaje de SAWA subraya la presencia de rameras europeas que trabajan en las débiles redes de prostitución palestina, y llama la atención sobre el peso que la ocupación israelita le otorga a la situación; nada de lo cual le parece incumbir a Rengel, quien parece más interesada en establecer claramente la impronta del “patriarcado” islamita palestino que en lidiar con hechos. De hecho, cuando el reportaje de la ONU comenta la desprotección legal de las mujeres en Palestina, deja claro (p. 17)  que en los territorios no existe un cuerpo de ley unificado y funcional. Para todos los efectos, los códigos penales egipcio y jordano se aplican en Gaza y Cisjordania, respectivamente, mientras que Jerusalén (y, en alguna medida, Cisjordania) funciona bajo el marco legal israelí. “Relativamente autónoma” indeed.

Aunque el de Rengel resulta bastante sintomático (e inconsciente, quizás), por lo general resulta difícil separar trigo y cizaña en casos de perversión propagandística. En efecto, sí, el sexismo incide de manera lastimera en la prostitución del mundo árabe. La insistencia, no obstante, con la que se señala, y los ocasionales deslices freudianos con los que nos topamos en este tipo de texto se revelan como las mejores herramientas para identificar la tergiversación racista de la realidad.

 Ya sea por cursilería o con una intención propagandística reprochable, se decidió adjuntar en el texto de Rengel una foto familiar, de efecto devastador: una mujer cuya vestimenta le tapa todo el cuerpo, excepto los ojos. La imagen de la burka convence más que cualquier argumento. Sería interesante, no obstante, saber de dónde saca Rengel que la burka se usa en los territorios palestinos. Como Palestina no está bajo la sharia, la célebre prenda de ropa no tiende a ser parte de su moda.

De hecho, la burka ha servido, en Europa, para fomentar un debate islamofóbico disfrazado de freedom fighting. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, como se sabe, levantó su voz para rechazar la malvada prenda, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Así, en el 2010 se prohibió la burka en Francia. Los disturbios franceses de 2005, por supuesto, fueron culpa de los inmigrantes musulmanes, a quienes se debía seguir alienando. Algo similar sucede en España, en donde el racismo y el sentimiento antiinmigrante, un tanto más dilatados que en Francia, han llevado a que se prohíba el uso de burkas en los edificios municipales de la ciudad de Lérida, poco después de una victoria de la derecha en las elecciones. La prohibición ha llegado a instancias superiores españolas, y ha recibido un tímido rechazo del gobierno de Zapatero. En Bélgica e Italia la prohibición continúa latente.

Poco importa si uno aprueba o no el uso de vestimentas femeninas, trogloditas o modernas. La burka se alza como un incontestable signo ominoso del patriarcado musulmán. El patriarcado musulmán necesita de la civilización primermundista, y la civilización primermundista trabaja con bombas; una ecuación simplista pero ineludible.

El rol de los periodistas, aún de aquellos que hacen “periodismo humano”, parecería ser continuar la representación engringolada y racista del inmigrante que nos importuna o de la víctima lejana de nuestras acciones.

Lo mismo sucede con “obras de arte” como Kite Runner o Turtles Can Fly, que tantos elogios merecieron en la “prensa humanista” de occidente, y que tan bien deja parada a la injerencia militar en Afganistán e Irak, tierras malditas y engañadoras que necesitan de nuestras bombas.

El autor es profesor de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Cayey.
 

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